sábado, 16 de febrero de 2013

Uno siempre está solo



Uno siempre está solo
pero
a veces
está más solo“

 Idea Vilariño


Soy un árbol enfurecido que lanza fuego al cielo. Amo el fracaso. Lo que toco se marchita. Muere. Se acaba. Soy el odio acumulado durante mi larga vida. Mi fuego llega al cielo, y lo congela. Una llamarada eterna que todo lo quema. En mí crece el fracaso y se llena de hojas del verde de la envidia, del odio y de la desesperanza. Nada en mí vive. Todo está muriendo. Muriendo desde siempre. Nada es para mí suficiente. Quiero todo o nada. No acepto nada diferente a mis ramas retorcidas, a mi madera curtida, a mis derrotas infinitas. No quiero de nadie nada, que no sea ya mío. Me rechazo y me despeino y me enfurezco. Me tiro por la ventana y caigo parado en medio del jardín de la vida. Y aquí estoy: hundido hasta mitad del cuerpo en la existencia, enraizado a todo esto que los demás llaman vida, y que yo llamo agonía. Mis raíces clavadas  en la tierra prometida de los miedos, de las angustias y de la desolación. No quiero ser. No quiero. Evito a los demás y a lo de menos. Me importo poco y me preocupo demasiado. Todo son llamas, humo y asfixia. 

Estoy acá en medio del universo paralizado por mi destino. Viviendo mi muerte en cámara lenta. De a poco me he ido quedando con lo que soy. Mis ramas llegan al infinito y lo perciben. Florezco a pesar de mí. Me lleno de hojas de primavera, de verdes, de flores, de vida. Todo para nada, porque lo que el día trae, la noche se lo lleva. Me siento abandonado a las fuerzas de la naturaleza. Soy un árbol perdido en la memoria de un dios que todo lo ha olvidado. Me lleno de rabia. Vocifero, exagero, me hundo en mí para perderme. Me hundo en mis raíces, en la tierra maldita de los sueños. Me cubro de pesadillas en que todo está bien. Ideas locas de un loco atado a sus limitaciones. A su angustia de estar vivo y no poder ser. Me entierro en los olvidos, pero todo me recuerda. Me sonríe. Me quiere. Me necesita. Me desespera. Quiero dejarme solo, sin mí. Sin esa necesidad de estar conmigo todo el tiempo. Estar despierto es un infierno donde se quema mi ser definitivamente. 

En la noche de mis sueños oscurece el desespero y creo que ya no existo. Que he muerto al fin. Pero mis ojos se abren detrás de mis gafas oscuras que me protegen de la esperanza. Mis ramas se mecen desesperadas contra las ventanas que me miran, que me envidian y que me ignoran. Sigo vivo y no soy más que un árbol atado al cielo y a la tierra sosteniendo un mundo que se acaba. Aunque nadie lo sabe, el fracaso es la única esperanza que tenemos. Me voy de mí. Pero sigo conmigo. Inamovible. A perpetuidad. Prisionero de mí. Entre estas paredes de madera que forman esta casa que llamo árbol y que desde sus ramas siento a ese que nunca he querido ser y que al despertarme soy. Me muero de la furia. Esa es mi vida. Enfurecerme sin objeto distinto a dejar arrasada mi vida. Aunque no me muevo de donde estoy, porque siempre estoy dentro de mí, he dejado detrás de mí un mundo entero de yos sembrados en la locura de los otros. Locos, todos somos locos. Menos los que ya han muerto. Esos ya no son nada. Ni siquiera recuerdo.

Soy un cielo en llamas que busca amparo en las ramas de un árbol que me mira desde mi propia existencia.

Nada vale la pena, salvo fracasar. Dejar de ser. Al fin. Descansar de mí, de todo, de todos. Morirme. Dejar que estas hojas que me cubren vuelen al fin por la vida sin que le importe a nadie. Dejar que esta madera vieja se pudra, se olvide que un día fue árbol. Abrir los ojos desmesurados a la nada. Y morderla hasta que grite. Hasta que salga corriendo y me lleve con ella hacia la oscura eternidad del universo.

Soy un árbol lleno de ramas retorcidas por la furia y los miedos. Flores negras, como es la medianoche de todas las cosas que no son mías, huyen de mí. Tienen miedo de que las bese y se llenen de colores. Tanta oscuridad donde he visto ya todo. Nada puede evitar que fracase. Ni siquiera yo. Si no es para fracasar ¿para que nos vamos pudriendo hasta morir?

Soy el aire que cubre a este árbol que que soy. Soy la tierra de este árbol que soy. Soy la vida que corre por este árbol que soy. Soy la negra luz del mediodía. La eterna lucha del fracaso contra la tontería. Me voy a ir por las ramas hasta llegar a mí para preguntarme del porqué de esta larga vida sin moverme de este sitio que soy. Nadie se puede mover de sí mismo. Condenados a llevarnos a todos los sitios a los que jamás íremos. Recuerdo que un día fui un gran fracaso y desde ese día trato de repetirlo y no lo logro.
Soy un fracaso en un árbol que lleva en sus ramas mi vida entera.

1 comentario:

  1. Así me siento yo cada día, que triste. La realidad no cambia.

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