jueves, 14 de febrero de 2013

Un viaje inesperado el día de San Valentín.




4:00 am. Bonn esta durmiendo profunda. El sonido de un avión se oye casi perdido a lo lejos. Estoy solo en la casa. Me quedé dormido temprano viendo televisión. Me desperté hace media hora y se desarrolla en mí una batalla singular: tengo hambre mucha hambre y no sé si debo levantarme de esta silla tan cómoda, quitarme la cobija deliciosa, lanzarme a través del frío y llegar hasta la nevera, abrirla y prepararme un sándwich de queso y jamón. O algo mejor, levantarme, ir al aeropuerto, volar hasta donde estás, golpear a tu puerta y decirte: 
No sé quién o dónde está San Valentín, pero me muero de hambre de ti y lo que yo quiero, amor mío, es que estés a mi lado siempre  y comernos la  vida entera a mordiscos, a versos y a besos. 


martes, 12 de febrero de 2013

El poema de Gabriel



Era inevitable, el dolor de la ausencia le recordaba su amor. Sólo quería volver a esa región donde sólo dos son. Quería morder un poco de esa otra realidad. Sentir que los sueños no habían muerto. Que todo seguía como antes. Que esa mujer que aún amaba y seguía intacta en su memoria, podría volar de nuevo a él y devolverle el amor.

Entre los dos ya no hay nada. Sólo una distancia que llueve desde hace tiempos. Un viento que llega hasta su orilla y muere. Un mar de recuerdos que vienen y se van. Como un día esplendido que no termina de olvidarse. 

Salvo las miradas. Esas largas y profundas miradas que lo recogían en sus redes y se lo llevaban con ella. También estaba ese siempre que pronunció una tarde desde la distancia y con los ojos llenos de lágrimas.

Gabriel dejó de escribir. Levantó los ojos y miró más allá de su memoria. Regresó a los ojos de ella para buscarla, para entenderla, para recuperarla, para no morir de soledad en esa mañana de febrero con el frío del invierno a sus espaldas.

Gabriel suspiró. Estaba solo. Era un náufrago en una isla de concreto rodeada de desconocidos que lo separaban de ella. Tomó un lápiz y sobre una hoja en blanco escribió:

Poema para ella

Podría quedarme
en esta calle sin salida,
en esta playa a orillas de tus ojos,
en esa noche larga de otros días,
en esta hora del universo detenido,
en esta página de nuestra vida,
en esta tarde llena de recuerdos,
en esta caricia del viento,
en estas palabras que aún no has leído;
podría quedarme contigo
a soñar para toda la vida.

Al día siguiente, Gabriel se despertó, miró al lado y se dio cuenta de lo inevitable: ella había volado para siempre.

Descubriéndonos y encontrándonos






El joven se ha parado a mirar a dos ardillas que cruzan corriendo la calle. Una se ha trepado rauda al árbol frente a mi ventana y la otra se ha perdido detrás de las matas del jardín. No es muy usual ver dos ardillas juntas y menos en una mañana de invierno, pienso mientras el joven, que lleva una chaqueta gruesa negra de invierno, guantes y gorro de lana contra el frío, se ha perdido de nuevo en la música que oye. Sigue su camino hacia la parada del bus. En Alemania se va al colegio hasta los veinte años. Así que no es raro ver jóvenes hechos y derechos que todavía van al colegio.
Un hombre de unos cuarenta años, abrigado de los pies a la cabeza de negro, sale del edificio de enfrente y desde la distancia le quita el seguro a su Mercedes. Es uno de los miles de ejecutivos que en este mismo instante en toda Alemania se ha levantado, besado de afán a la esposa y tomado müsli de desayuno, que sale afanado para llegar a la próxima reunión de ventas, o que manejará un par de horas por la autopista para visitar un cliente muy importante y otro que simplemente está apurado para poder justificar su sueldo a fin de mes.
El 611, el bus que hace la ruta que pasa por el barrio, cruza frente a mi ventana y sigue su viaje por la Kennedyallee. Va lleno de colegiales, estudiantes, trabajadores, extranjeros y un par de ancianos que charlan animadamente en la silla de adelante. Los buses son un microcosmos de la sociedad inivisible. Los que hacen posible que el mundo funcione. Pero también son los que casi nadie tiene en cuenta, salvo en época de elecciones. Acá también los que no son ricos son menos importantes, como en todo el mundo.
El cura play de Bad Godesberg, con sus ínfulas de Don Juan al servicio de la iglesia, pasa veloz en su Audi deportivo rumbo a la iglesia de San Eufrasio que queda junto al Rin. Sonrío al pensar en la vanidad tan obvia del cura que sirve a un dios que nació en un pesebre. Pero el cura es humano, no una divinidad.


El cielo está despejado y de un azul metálico, típico de una mañana como la de hoy en que hacen menos cinco grados de temperatura. Veo las estelas blancas que dejan sin descanso los aviones que llevan y traen destinos y tragedias de aquí para allá. Cada día hay miles de vuelos sobre Alemania. Este país está en permanente movimiento. Es imparable.


Todos los días madrugo para no perderme el despertar de esta ciudad pequeña y rica a orillas del Rin, que con el tiempo se ha vuelto mi hogar. Mientras me tomo mi café, observo los afanes, los sueños y los quehaceres de la gente a través de la ventana.
Observar a los otros es verse a uno, aprenderse. Preguntarse por la razón de nosotros ¿Qué hace que una persona haga una cosa y no otra? ¿Qué hace que a mí me guste algo que a otro no? ¿Por qué somos diferentes siendo tan parecidos? ¿Somos libres o sólo reacciones químicas? ¿Somos individuos o sólo una parte de un todo? En fin, muchas preguntas que se han hecho todos los seres humanos en algún momento, tanto los sabios como los necios, los ricos como los pobres, los bellos como los feos, los jóvenes como los viejos, las mujeres como los hombres y yo desde que entendí que siendo parte de los otros era distinto a los otros.


Vivimos descubriéndonos y encontrándonos. Nos estamos haciendo sin cesar. Nos transformamos y cambiamos de ser. Dejamos atrás lo que fuimos y, sin embargo, seguimos siendo nosotros. Somos seres en permanente cambio.
Sumados somos una infinidad de posibilidades en continuo crecimiento y cambio. Somos perecederos como individuos y quizá en grupo podamos tener una oportunidad de perpetuarnos.

En estos días he leído de nuevo a Andrés Holguín y a él le gustaba mucho por su belleza una cita, escrita hace ya cinco siglos, de Pico della Mirandola sobre qué es el hombre, y que a mí también. Acá se las dejo.

No te he dado rostro ni lugar alguno que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea peculiar, oh Adán, con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien los desée, los conquiste y, de este modo, los poseas por ti mismo. La naturaleza encierra a otras especies dentro de unas leyes por mi establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrio, en cuyas manos yo te he entregado, te defines a ti mismo. Te coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor todo cuanto el mu8ndo contiene. No te he hecho ni celeste ni terrestre, ni mortal ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma“.

lunes, 11 de febrero de 2013

Ciudades sumergidas en la niebla





La señora Von Bummel, mujer alta hasta la exageración, pelo alborotado pintado de nórdica, bronceado de mujer que le da la cara a los años, ha abierto la puerta del edificio mientras hace malabares con los paquetes de la compra. Maneja un Porsche rojo que parquea cada tarde a la misma hora frente al edificio, y sale como una Walkiria de él. Es enorme y decidida. Mientras cierra la puerta gira y me mira. Sonríe y me saluda „Herr Guzmán, draussen friert!“ Es cierto. Al abrir la puerta se ha colado un ventarrón helado que me abraza con descaro. He bajado a recoger el periódico. Me gusta desayunar mientras leo periódicos. Le devuelvo el saludo y hago un gesto para ayudarla con los paquetes, pero se niega. A los alemanes no les gusta que los ayuden si no es necesario. La veo mayor que yo, pero es probable que sea de mi edad. Me temo que con los años he perdido la capacidad de verme reflejado en los otros viejos que como yo vivimos en este país. Le sonrío, me despido y subo las escaleras. Quiero desayunar. Necesito sentir el agradable calor del apartamento. Afuera sigue el frío del amanecer.

El viento es lo que hace que el frío del invierno se sienta tan helado, que quema. Y hoy recorre alocado las calles buscando a ciegas por las ramas de los árboles o detrás de las paredes a alguien en quien cobijarse, con quien compartir la ausencia de sol.
El frío no es tristeza. El frío nos recuerda la necesidad que tenemos de los otros. Cuando llega el frío es el momento de correr hacia quienes amamos y decírselo antes de que sea demasiado tarde, pienso mientras entro a la oscuridad de mi apartamento. Me he acostumbrado a andar a oscuras mientras amanece para ver cómo cambia el cielo y la ciudad se llena de luz.

De niño, cuando sentía frío, corría a los brazos de mamá. El frío desaparecía por encanto entre sus besos y abrazos. Desde esos días han transcurrido muchos fríos, muchos días, muchos amores y demasiadas ausencias. Pero aún recuerdo que la Bogotá de mi niñez era fría, lluviosa, verde y tranquila.

Esta mañana, el frío ha amanecido acostado en los jardines, recostado en los techos y sobre los carros. Es un frío blanco, erizado y cristalino que lo cubre todo. Observo desde la ventana al frío que silencioso, alerta, respirando tranquilo espera a alguien a quien acompañar por el camino. Estoy parado detrás de los cristales, e imagino todos los universos que hay más allá bajo este mismo cielo que poco a poco deja la oscuridad y se despereza.

Las luces de la mayoría de apartamentos sigue apagada. Hoy es el Rosenmontag. La cumbre del carnaval: el desfile final. He estado en varios desfiles bajo la lluvia, helado hasta la raíz del pelo, bajo un cielo gris, húmedo y, sin embargo, embriagado por el ambiente de alegría y euforia de la gente. Son cientos de miles los que salen a esperar el paso de las carrozas y las comparsas que van tirando Kamellen, dulces, sorpresas y flores. Los niños son los que más disfrutan de las toneladas de dulces que ese día se lanzan a la multitud. Todos regresan a casa con bolsas llenas de cosas. Hay dulces para meses, digo yo.
El viento frío arrecia afuera. Las ramas de los árboles se mecen sorprendidas por la fuerza del viento. En las ventanas golpea el frío y se asoma a mirarme. Menos mal no tengo que salir hoy, pienso, y me siento a leer.

Hoy he leído un texto de Víctor Paz Otero que me ha gustado:

Nunca he estado aquí. Nunca nada ha sido mío. Ese ajedrez atormentado que me aguarda jamás ha enfrentado conmigo una partida. Esas ciudades sumergidas en la niebla. Esos libros amargos que esconden los secretos. Ese espejo sin fondo donde permanecen vivas todas las imágines. Todo este universo, y los otros universos, todo es ilusorio y no me pertenece. En esta ausencia pura que me cubre, sólo tu cuerpo enamorado es existencia.“


Mi corazón mira la ciudad sumergida en la niebla que un día fue el hogar del amor. ¿En qué ciudad andarás tú y qué niebla te esconderá de mis recuerdos?

sábado, 9 de febrero de 2013

A los seis años





A los seís años tenía una pequeña bicicleta verde con esos frenos coaster, que para frenar hay que echar para atrás el pedal. En ese tiempo vivíamos en el campo, porque papá quería realizar su sueño de granjero. Recuerdo que una tarde en que hacía un frío tremendo y llovía, le dije a mamá que quería salir a montar en cicla. Mamá al principio no quería porque pensaba que me resfriaría. Tanto insistí que al fin me dio permiso. Me puse una chaqueta contra la lluvia, me monté en la cicla y salí a la calle. Pedaleaba con todas mis fuerzas contra el viento y la lluvia. Pronto estuve empapado hasta los huesos. Después de un rato, el frío y la lluvia helada de la Sabana me hicieron volver a casa. Esa noche tuve el resfriado más feliz de mi infancia.

Debe ser la nieve lluvia que cae en este momento sobre Bonn la que hizo que me recordara de ese instante de mi niñez. La ciudad sigue a oscuras a pesar de que ya son más de las seis. Afuera está helando. La ciudad duerme la resaca de la noche de las mujeres que se celebró anoche. Hace dos mil años en este sitio en el que hoy vivo estaba acuartelada una legión romana con cerca de cinco mil legionarios encargados de defender el Limes, la frontera del Imperio con los germanos. Del lado occidental del Rin estaba la civilización romana con su esplendida ciudad Colonia Agripinensis, hoy en día Köln en alemán, o Colonia en castellano. Sueño con comprar un terreno por acá y ponerme a excavar. Bajo el suelo alemán hay mil historias por contar. Lo mínimo que se encuentra uno es una bomba de la Segunda Guerra Mundial o si tiene suerte un templo romano. 
 
Estamos en el momento cumbre del carnaval. La ciudad está llena de personas disfrazadas, un poco o muy bebidas, felices y gritonas. El lunes es el Rosenmontag. Colonia, que es la ciudad hermana mayor de Bonn, se llena de más de un millón de turistas que vienen a festejar el desfile del carnaval.

El miércoles de la semana entrante es miércoles de ceniza que da comienzo a la cuaresma. La ceniza, que está hecha de las cenizas de los ramos de pascua del año anterior, se impone para recordarnos que somos pasajeros. La cuarema son los cuarenta días antes de Pascua que simbolizan los cuarenta días que vivió Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública. También nos recuerdan los cuarenta días que duró el diluvio y los cuarenta años que vagó el pueblo judío por el desierto antes de llegar a la Tierra Prometida.

El viaje a Londres tuvo un aterrizaje forzoso y fue pospuesto indefinidamente.
En fin, la vida continua.
Éste será un fin de semana casero, de familia, de almuerzos hechos a ocho manos, de sobremesas interminables hablando de lo divino y humano, de ver tele juntos cubiertos por edredones y de dormir hasta que San Juan agache el dedo.
Leeré, escribiré, pensaré y miraré a ratos por la ventana ese otro mundo que no es mi mundo, ese que llamamos el mundo real y que afuera espera impaciente por mí.
Son cuatro días para dejar la realidad fuera de mí, para disfrutar lo único que he hecho bien en mi vida: vivir como he querido.

Una vez más tendré el placer de leer ese poema de Piedad Bonett que tanto me gusta:


Nunca fue tan hermosa la mentira
como en
tu boca, en medio
de pequeñas verdades banales
que eran todo
tu mundo que yo amaba,
mentira desprendida
sin afanes, cayendo
como lluvia,
sobre la oscura tierra desolada.
Nunca tan dulce fue la mentirosa
palabra enamorada apenas dicha,
ni tan altos los sueños
ni tan fiero
el fuego
esplendoroso que sembrara.
Nunca, tampoco,
tanto dolor se amotinó de golpe,
ni tan herida estuvo la esperanza.

Piedad Bonnett



La vida es un carnaval



Cada febrero me vuelve la duda de si disfrazarme o no. Y es que detrás de cada disfraz hay una historia de nuestros anhelos y sueños. También, de nuestras tristezas.

La primera nota escrita sobre el carnaval en Bonn data del año de 1585; y es una orden policial de príncipe elector Ernesto de Baviera para acabar con la
Bonner Fastnachtgesellschaft, la sociedad de la noche de carnaval o ayuno. Asunto que no impidió que los bonenses se divirtieran de lo lindo siempre que pudieron.
No hay que olvidar que ésta fue una de las regiones donde más brujas fueron quemadas durante las nefastas épocas en que la iglesia católica hacía y deshacía sobre el destino de los pobres seres humanos.
El carnaval organizado como se vive en la actualidad comenzó en 1825 con la fundación de la Bönnsche Karnevalsgesellschaft , sociedad del carnaval de Bonn.

Desde el jueves pasado a las once de la mañana hasta mañana cuando termine el desfile de carnaval, la ciudad fue, es y será una rumba completa con gente de todas las edades y grupos sociales disfrazados cantando, gritando, bebiendo y bailando.

Al llegar a Bonn pensé que no volvería a disfrazarme. Así que después de organizar mi nueva vida abrí un cajón del escritorio y guardé los muchos disfraces que había usado en mi vida hasta entonces.
En Bogotá me disfracé por primera vez a los cuatro años de alumno de colegio.Disfraz que me acompañó hasta el día de la graduación. Con ese disfraz llevé vidas paralelas entre el aburrido aprendiz de idiomas imposibles, pasando por el de silencioso alumno que dormía con los ojos abiertos hasta el de amigo de mis amigos, donde podía quitarme el disfraz y ser yo.
La amistad es lo mejor que me dejó el colegio.
Luego me disfracé de estudiante de arquitectura y de derecho. Descubrí que el delito era la línea más corta entre la codicia y la riqueza. Ya entonces noté que no me gustaban los disfraces.
Para ganarme la vida me he disfrazado mil veces; y mil veces he detestado ese disfraz. Ganarse la vida es irremediable y jartísimo.
Hubiera sido mejor y más feliz si hubiera tenido la semana para vivir y los fines de semana para disfrazarme de trabajador.
El disfraz de publicista fue el más divertido y contradictorio. Nunca pensé que sería sumo sacerdote del consumismo. Debo reconocer que fui feliz inventando universos de ideas e imágenes para satisfacer las necesidades que les habíamos creado a los consumidores explotando sus miedos, sus dudas y su confianza.
Era un pequeño dios de las pompas de jabón. Pude sentir la necesidad de la gente por creer en algo, de sentirse protegidos por una mentira. De esos miedos que llevamos dentro es que nacen todas las violencias.
Necesitamos ser engañados para poder vivir. Así sepamos que todo es mentira. Ese es la razón por la cual adoramos los disfraces. Queremos ser ese otro que somos en los sueños.

Con los años me cansé de vivir disfrazado de exitoso, de niño bien, de asesor de imagen, de estratega de mercadeo, de ser lo que no soy. Y dejé todo. Empaqué mis amores, mis tres ideas, mis dos libros y un deseo: jamás volverme a disfrazar, y me fui de esa vida.
Así llegué a Bonn: con una mano adelante y otra atrás.

Hoy, en un domingo nevado, la ciudad tiritando de frío y en mitad de febrero, estoy en medio de una ciudad disfrazada de carnaval . Y sé que un día volveré a disfrazarme.
Aprovecho el momento ahora que puedo ser ese yo que soy cada mañana de domingo: piyama, café, croasán y nada más, ni siquiera disfraz, para leer de nuevo poesía, y dejo que la magia de las palabras del poema de Fernando Denis „Beatriz“ me envuelva:

Hay tanto amor en cada cosa que veo,
en cada cosa invisible.
Enamorarse es ver lo que los otros no ven.
¿Cómo es posible que todos pasen
junto a ti
como si no te vieran
y yo me detengo a mirarte
para siempre?
¿Qué cosa ocurre en los demás que a mí
me falta para olvidarte?“

Fernando Denis 

viernes, 8 de febrero de 2013

Idea Vilariño , poesía de la buena









Carta II

"Estás lejos y al sur
Allí no son las cuatro.
Recostado en tu silla
Apoyado en la mesa del café
De tu cuarto
Tirado en una cama
La tuya o la de alguien
Que quisiera borrar
estoy pensando en ti no en quienes buscan
A tu lado lo mismo que yo quiero―.
Estoy pensando en ti ya hace una hora
Tal vez media
No sé.
Cuando la luz se acabe
Sabré que son las nueve
Estiraré la colcha
Me pondré el traje negro
Y me pasaré el peine.
Iré a cenar
Es claro.
Pero en algún momento
Me volveré a este cuarto
Me tiraré en la cama
Y entonces tu recuerdo
Qué digo
Mi deseo de verte
Que me mires
Tu presencia de hombre que me falta en la vida
Se pondrán
Como ahora te pones en la tarde
Que ya es la noche
A ser la sola única cosa
Que me importa en el mundo."


Idea Vilariño 

"Idea Vilariño (Montevideo18 de agosto de 1920 - idem, 28 de abril de 2009)1 poetaensayista y crítica literaria uruguaya perteneciente al grupo de escritores denominado Generación del 45. Dentro de sus facetas menos conocidas se encuentran la de traductoracompositora y docente.

Nació en una familia de clase media y culta, en la que estaban presentes música y literatura. Su padre, Leandro Vilariño (1892-1944) fue un poeta cuyas obras no fueron editadas en su vida. Al igual que sus hermanos Numen, Poema, Azul y Alma, estudió música. Su madre conocía muy bien la literatura europea.
Como educadora en ejercicio, fue Profesora de Literatura de Enseñanza Secundaria desde 1952 hasta el golpe de estado en 1973. Luego de restaurado el sistema democrático, desde 1985 fue docente en el Departamento de Literaturas Uruguaya y Latinoamericana en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República.
Escribió desde muy joven; y sus primeros poemas ya maduros fueron concebidos entre los 17 y los 21 años. Su primera obra poética, La suplicante, fue editada en 1945 sólo con su nombre. En años subsiguientes sería reconocida internacionalmente y premiada con distintos galardones. Sus poemas están marcados por una experiencia íntima, intensa y angustiosa, muy coherente siempre."

Biografía tomada de Wikipedia