miércoles, 25 de febrero de 2015

La suerte







Qué suerte con la suerte. Qué suerte estar vivo. Qué suerte que existas, porque eres la vida, mi vida, mis sueños, mi alegría y mi poesía. 

Qué suerte tengo, porque cuando estoy triste aceptas mi melancolía, y sigues queriéndome como cuando soy el hombre más feliz de tu vida.

lunes, 23 de febrero de 2015

La vida es increíble





La vida es increíble por los momentos maravillosos, por las alegrías y los éxitos que nos concede; por los días díficiles, dolorosos, injustos y horribles que padecemos por el privilegio de estar vivos; por los eternos días monótonos y grises, por el aburrimiento que a veces nos parece que nunca acabará; por lo variado e inesperado.

La vida es increíble, porque hay días que son como tormentas en el mar o tiempos que parecen un interminable verano, por los terremotos de emociones y sentimientos que padecemos y disfrutamos en los instantes más inesperados; por los demás que son nuestro cielo y otras, nuestro infierno.

Pero, sobre todo, por el amor que nos lleva de la seca a la meca y que nos hace sentir únicos e irrepetibles en la alegría y en el dolor de amar. Porque nos hace sentir bellos, deseados y comprendidos. Porque el amor le da sentido a la vida.

La vida es increíble, porque a veces la adoro y otras la detesto.

La vida es increíble y esperemos que mañana ésta convierta uno de esos sueños imposibles que tenemos en realidad.



viernes, 20 de febrero de 2015

Tal vez en otra vida






Después de tanta ausencia aún sigues a un sueño de distancia. 

Los dos nos quedamos debiendo amor, tiempo, besos y caricias. Nos quedamos debiendo la vida entera.

Con un mucho de suerte, un día cualquiera, mientras caminamos por una calle los dos -ya otros-, sentiremos que un viejo conocido nos mira sorprendido. La vida se detendrá y  adivináremos una vez más el amor en los ojos del otro. Lo reconoceré en tu mirada y  tú lo sentirás, porque mis ojos te dirán  preciosa. Quizá nos abracemos y quizá, quizá emprendamos el regreso al amor que esta vida nos quedó debiendo.
Yo, en todo caso, te esperaré cuantas vidas sean necesarias para decirte una vez más que te amo.

domingo, 15 de febrero de 2015

Leer, leer...sólo vale la pena vivir para leer



Cuando era chiquito, cada noche antes de dormir, mamá nos leía cuentos. Mi hermana y yo compartíamos un cuarto. Cuando estábamos empiyamados y cada uno en su cama, mamá traía un libro y nos leía cuentos de hadas bretones, cuentos del África o de los pueblos perdidos de Gales. Era el momento más memorable del día en esos tiempos en que vivíamos en el campo. Yo era feliz. Después de la lectura, rezábamos el Ángel de mi Guarda, mamá nos besaba, nos arropaba bien y apagaba la luz.

Cuando aprendí a leer, me encantaba El Tiempo del domingo, porque venía con las tiras comicas: Tarzán, El Fantasma, Mandrake, Benitín y Eneas y Educando a Papá. Era lo primero que leía. Bueno, en realidad lo único que leía. 

Después vinieron Emilio Salgari con Sandokan, los Tigres de Mompracem y su amigo Yáñez, el portugués. Julio Verne con sus Veinte mil leguas de viaje submarino , la Vuelta la Mundo en ochenta días. Y Daniel Defoe con Robinson Crusoe. Viví a través de esos libros el asombro, la alegría y la curiosidad del niño que nunca volveré a ser. En mi mente la aventura era pan de cada día gracias a los libros.

En cuarto de primaria, con mi amigo Ortiz descubrimos a Sven Hassel y sus libros sobre soldados alemanes en la Segunda Guerra Mundial, las batallas del frente soviético y las desventuras de los soldados de los batallones de castigo. Leímos también La Piel de Curzio Malaparte y en casa leí el Segundo Sexo de Simone de Beuavoir, libro que no entendí para nada. Aunque me quedó en la memoria la importancia que le daba la pobre al orinar parado de los hombres.

A los doce años descubrí en casa de mi tío Pacho una enciclopedia de la Segunda Guerra Mundial. Fue mi fascinación. Pasaba tardes enteras mirando las fotos y leyendo la historia de cada batalla, derrota y hecho importante de esta guerra. Aún hoy la Segunda Guerra ejerce sobre mí una gran atracción.

Sin darme cuenta terminé atrapado en todo lo que tuviera letras. Periódicos, revistas y libros son desde ese entonces mi diario vivir. 

Recortaba las noticias de los periódicos que más me interesaban. Entre ellas: la Guerra de los Seís Días entre Israel y los países árabes; la ofensiva norvietnamita del Tet y el sitio de la base americana de Khe Sanh: el caso del ministro de guerra británico John Profumo y Christine Keeler, quien también había tenido una relación con el agregado naval de la embajada soviética.

Me di cuenta de que en las palabras estaba todo, la vida entera, el universo al completo. Las palabras éramos nosotros y todo lo que nos rodea.

Desde ese día, las palabras y yo tenemos una relación continua y siempre sorprendente. He pasado mi vida entre lecturas de periódicos, de revistas y de libros. Descubriendo en la lectura el pensamiento de los otros y el mío propio. 

Así como todos necesitamos vivir cerca del agua, así yo necesito vivir entre los libros para poder vivir.

A Alemania traje sólo dos libros: La Pregunta por el Hombre de Andrés Holguín, una síntesis del pensamiento occidental sobre el hombre; y Enfoque de Al Ries, sobre la necesidad de centrar los negocios en su esencia. El primero me sirvió para no olvidar las bases de nuestro pensamiento y comprensión del mundo, y el segundo para trabajar en mi oficio, con el que me he ganado la vida, el mercadeo.

Leo de forma caótica y aleatoria. Leo varios libros al tiempo. Leo a veces primero el final, comienzo en cualquier página, me salto texto si me aburre. En fin, que no soy sistemático ni pretendo serlo. Sólo leo por placer. No todos los libros que compro los leo. Algunos se quedan esperando tiempos a que me digne mirarlos, otros me los leo de una sola sentada, algunos de a poquitos, lentamente.


Pero entre los libros siempre estabas tú. Si los libros son mi vida, ésta no sería vida sin ti. 

viernes, 13 de febrero de 2015

Las maravillosas mujeres



En verano, las mujeres son más guapas. Salen de casa con sus vestidos ligeros, sus sueños a flor de piel y llenan las calles con su presencia. La ciudad se impregna de sensualidad, de ojos con miradas infinitas, pieles suaves, pecas y deseos . Hacia donde mire hay mujeres y promesas de amor. Y están las adolescentes siempre riendo, en grupo, nerviosas, inocentes, con sus hot pants que son una invitación a los sueños, al ayer, a la vida en busca del amor. La calle es una algarabía, ruido de carros, de personas, de expectativas, de ilusiones. El mundo está ebrio de verano. Qué maravilla que existan las mujeres que son la vida, mi vida, mis sueños, mi alegría y mi poesía. Amo la vida, porque está llena de mujeres.


He amado a las mujeres tanto como a la poesía. Ellas son la poesía. Me gustan más que nada ni nadie. 

Aunque por mucho tiempo ni siquiera les hablaba. Sólo las miraba y las aprendía de lejos. Muchas me quisieron y me quieren. Pero sólo tres me han amado y he amado sin límites, con total entrega. Tres son eternas para mí. Pero también son pasado. Ahora vivo solo. Estoy solo y me siento bien así. A nadie molesto ni nadie me exige nada. Estoy en paz con el amor. Sé que no es posible hacer feliz a nadie. Sé que el amor es pasajero. Sé que soñamos amores para siempre, pero no es posible. Somos inconstantes, cambiantes y no podemos quedarnos en un lugar quietos y tampoco en un amor. Somos trashumantes de la vida, estamos partiendo hacia otros yos que nos esperan. El amor es eterno como concepto y pasajero como realidad.

No estoy amargado por ello. Creo que un día llegará otro amor y quizá éste sea el último y el mejor. Y con demasiada suerte, para el resto de mi vida.

Te amo y me extravío en la música táctil de tu sexo, en la callada quietud de tus asombros, y el tiempo que no es mío de alguna manera esencial nos pertenece”
Víctor Paz Otero

Una noche de verano



Ahora que hace calor, que las noches son largas, sacamos dos sillas y nos sentamos a disfrutar el adiós del día y estar juntos así sin más que el placer de sabernos y querernos. Estar, estar vivo y sano, estar con alguien que te ama sin pedir nada a cambio, estar y dejar que la vida se descubra a sí misma frente a nosotros, no querer nada diferente a estar en este momento vivo. Esa es la felicidad. Mi felicidad. En silencio, cada uno en sus pensamientos, sin miedo a estar callado. Una delicia.
Mientras tomamos jugo de naranja helado y oímos al fondo Abba, pienso que el amor es una canción que sólo oyen los enamorados. Es casi media noche. Estamos cansados. Mis ojos se están cerrando. Me estoy yendo hacia el mundo de los sueños.

El cielo está lleno de estrellas. Los aviones que van a aterrizar sobrevuelan a baja . En los apartamentos vecinos algunas luces siguen encendidas, un grupo de personas charla en un balcón, una mujer está en la cocina y una joven se asoma a vernos. Con un gesto de la mano la saludamos y se esconde desconcertada. Nos reímos. La torre de la iglesia vecina, que está a unos cincuenta metros de distancia, sobresale sobre la oscura silueta de los edificios que nos rodean. A nuestros pies hay restos de la antigua muralla de la ciudad. Los mosquitos se sienten atraídos por la luz y por nosotros. Es hora de entrarnos y descansar.

Me acuesto. Con este calor sólo me cubro con la cobija desde la rodilla hasta la cintura. No siento frío, pero necesito sentirme protegido al dormir. Antes de dormir me gusta pensar algo agradable que me lleve con suavidad al sueño. No se oyen ruidos. Me dejo ir para mañana volver a ser.

Cierro los ojos y pienso en ellas. Las guapas y maravillosas mujeres que tanto he amado. Digo en mi mente sus nombres que tanto significan. Suspiro y me giro en la cama. ¿Ellas donde estarán? ¿Qué estarán haciendo?

Debo dejar que los nombres de las mujeres que me amaron regresen a ellas. Dejar que vuelen sus besos, sus miradas y sus palabras con el viento. Volverlas recuerdo dulce recuerdo del ayer. Es hora de soltar el pasado, dejarlo descansar, permitir que el presente florezca, que me envuelva, que me absorba. Es hora de vivir el momento. Disfrutar la vida que me queda. Amar, amar de nuevo, si es aún posible. Es hora de dejar que el pasado descanse. Es el tiempo de soñar, sentir y vivir. Y ahora me dormiré, porque mañana me espera un nuevo día, otro presente que será todo mío.

Cena con Laura


Laura me invita a cenar al restaurante tailandés de la Agustinerstrasse. Nos gusta en especial por su arroz con vegetales y carnes. Es una delicia. No hay otro igual en esta parte del Rin. El sitio siempre está lleno de gente. En gran parte jóvenes. Cada vez más soy consciente de que ya no soy joven, de que la vida me está despidiendo de ella y que no tengo ni dos de ganas de esa despedida. Pero el tiempo hace su selección. Ya veré qué pasa y cuándo. Mientras tanto disfruto cada momento de vida, de risa, de charla, de baile, de aire puro y de sueños. Quien vive no está muerto.

-El amor sólo es amor si es de dos. Si los dos lo sienten y lo viven. Si sólo uno de los dos lo siente, no es amor. Es, más bien, desamor.- me dice mientras comemos. - El amor de uno solo es sólo dolor, tristeza. Que es todo lo contrario al amor, que debe ser alegría, felicidad y ganas de vivir, de disfrutar el instante, de ser el otro y con el otro.-
Es cierto. Este amor que aún me queda por la otra, por la que un día me dejó, porque se sentía culpable ya no es amor, es tristeza de lo perdido, nostalgia del pasado, es el duelo casi eterno que es saber que el otro a muerto para uno, aunque siga tan vivo por la vida. 

Me viene a la memoria la frase de Anatole France "Todos los cambios, aún los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía; porque aquello que dejamos es una parte de nosotros mismos: debemos morir una vida para entrar en otra."


-No te vayas detrás de su recuerdo- me dice Laura mientras me sonríe con esa ternura y complicidad que nos hace inseparables. -Si no puedes, no importa. Vive tu ahora, el instante. Disfruta de lo que te da la vida, que es mucho.-

Le sonrío, y le doy gracias a la vida por tener una amada que me acepta tal como soy. Y no es por nada, pero ejerzo con cierto éxito todos los defectos que puede poseer una persona sin ser tildado de anormal. Con el tiempo, he entendido que la lucha contra la realidad está perdida, que lo que hay que hacer es dejar que la vida llueva sobre uno y que ojalá aflore  lo bueno que hay en nosotros.