jueves, 16 de abril de 2020

El Pescador


El Pescador




El amor lo tomó por sorpresa al cruzar el Rin después de una larga jornada de pesca cerca de Niederollendorf. Al bajarse de la barca, se puso el sombrero, se arregló la chaqueta. No había sido un buen día. No habían pescado nada. Esta noche habría solo pan negro en la mesa de los Guttmann. Emprendió el camino a paso lento y cabizbajo sin poner atención a los demás. Una sombra lo empujó tratando de sobrepasarlo. Se volteó a mirarla con la intención de desahogar su frustración, pero al verse frente a esos ojos de un azul profundo y el pelo rubio ondulado de ella se le olvidó el mal día. La saludo y se excusó. Ella sin decir nada siguió su camino. Él se fue detrás de ella a cierta distancia. La vió entrar en la casa con el número 53. No sabía que hubiera vuelto a vivir alguien en esa casa, pensó y regresó a casa con una sonrisa en los labios y la idea de que al día siguiente la buscaría y hablaría.

Esa noche se durmió con la dicha del amor encontrado. Salió bien de mañana a pescar con tan buena suerte que al mediodía ya tenía las canastas llenas de pescado. Dejó su barca a orillas del embarcadero de Plitersdorf. Entregó una parte del pescado en la casa de los pescadores que se encargaba de la venta y corrió a casa. Saló el resto del pescado y lo puso a secar al aire fresco. Se lavó la cara y las manos. Se peinó y salió de casa. Caminó hacia el número 53 y ya frente a la puerta golpeó. Así pasó una hora y nadie abría. Una mujer que lo observaba desde el frente, le gritó que en la casa no vivía nadie desde la última hambruna en 1790 en que la hija de los Braun murió de hambre a los dieciséis años. Él la miró con los ojos vacíos de la decepción y calló. Se sentó frente a la puerta y ahí siguió toda la noche.

Cada día desde 1848, después de faenar en el Rin, el pescador va al número 53 y se sienta a esperar al amor.

jueves, 2 de abril de 2020

Habemus corona virus



No sé si será bueno o malo, pero en Alemania todavía se puede salir a la calle a caminar, máximo dos personas de la familia y manteniendo una distancia de dos metros. Y la gente sale. Los buses, el metro, los tranvías y los trenes funcionan como siempre. Están cerrados los restaurantes, aunque pueden hacer domicilios, y los almacenes. Las droguerías, los bancos y las panaderías están abiertas. Una parte de los empleados trabajan desde la casa. Otros tienen Kurzarbeit, una subvención del estado para que las empresas no echen a los trabajadores ( esa medida ya se había aplicado en la crisis económica del 2008 con mucho éxito y por ello la recuperación económica de Alemania fue más rápida que en otros países). El país está semi paralizado. No hay vuelos comerciales.

Ayer, después de una semana larga de semi encierro, salimos a caminar a orillas del Rin. Como los días están estupendos, fue un placer de dioses. Me encanta caminar. Esa costumbre la tengo de papá a quien siempre le ha gustado caminar. Los dos hemos dado muchas largas caminadas. El cielo y el Rin están azules y los árboles en flor. Espectacular. Se podría creer que no estamos en medio de una pandemia.


Pero las noticias y los medios solo hablan del corona virus. Eso también abruma, la verdad. El gobierno informa que después de Pascua y según como
evolucione la epidemia, se pueden aflojar o no las restricciones.
Ya veremos. 


Hago mi vida común y corriente, pero ahora a falta de presencia física, hablamos mucho por whatsapp con mamá y mis hijos.

Estoy leyendo la más corta historia de Alemania de un catedrático británico, James Hawes, con su chispa británica y datos claros y concisos, la historia de la República Federal de Alemania desde su fundación de Manfred Görtemaker. Más denso y complejo. Y Bartleby, el escribiente de Herman Melville, de una colección de literatura fantástica escogida por Jorge Luis Borges, la historia de un empleado que un día se niega a obedecer órdenes. Confieso que soy un lector que me gusta picotear libros. Empiezo a leer, dejo de leerlo y busco otro, empiezo la lectura de un tercer libro y a veces lo sigo leyendo. Otras, no. Y así hasta que un día un libro al fin me seduce y me lo leo de una sentada. Con los de historia siempre es con disciplina.


Y aprovecho para chismosear un poco, que es la sal de la vida, la pareja francesa de al lado, después de no verla por dos semanas, ha salido a caminar con sus hijas. En este edificio viven ingleses, japoneses, checos, una señora alemana, franceses y nosotros, los colombianos. Somos cosmopolitas...que es como decir provinciano en el extranjero hablando otros idiomas.


Bueno, ya no más carreta que quiero oír música o ver una peli en Netflix o asolearme en el balcón.

miércoles, 4 de marzo de 2020

No nos digamos mentiras


No nos digamos mentiras, no fue por cumplir con nuestro deber, ni porque teníamos compromisos anteriores y menos por ser valientes y dispuestos a todo por ser leales. No, lo nuestro no fue más, porque nos era más cómodo no seguir adelante, no arriesgar la monotonía que teníamos por lo desconocido, por un amor que quizá a mitad de camino ya no existiera. No fuimos para nada valientes ni leales, fuimos cobardes como la mayoría, como los millones que cumplen horarios, aportan a la seguridad, trabajan de ocho a cinco y en verano van al mismo sitio siempre. No fuimos capaces de creer en nuestro amor, en lo incierto, en lo desconocido...no fuimos capaces de ser nosotros mismos.

Ni tú ni yo hablaremos de nosotros con nadie más. Será nuestro secreto, nuestro recuerdo, nuestro olvido.

Cuando me miro al espejo miro a un tipo que se equivocó por no ser capaz de arriesgarse a ser feliz cuando la vida le dio la oportunidad.

No nos digamos mentiras, seguimos viviendo y a muchos les parece que somos felices, pero tú y yo nunca sabremos qué había más allá, donde el amor es rey, donde solo el deseo, el placer y la felicidad son el pan de cada día.
No importa, la vida continúa, continúa sin nosotros, sin amor o con otros amores y otros deberes...no importa. Cuando debimos ser, no fuimos.

He durado muchos años en aceptar y entender qué nos pasó y que dejamos que todo un universo, el nuestro, no fuera.

Pero a pesar de la realidad y la decepción, siempre siempre querré volver a despertar en ese día que por primera vez nos vimos.

lunes, 24 de febrero de 2020

Placeres




No temas a los dioses;
no te preocupes por la muerte;
Lo que es bueno es fácil de obtener
Anónimo



Mis placeres son sencillos: leer siempre; escribir todos los días; cocinar, charlar, reír, bailar, cantar y contarnos la vida una y otra vez en familia; charlar con otros; montar en bicleta y nadar en el verano; reír muchas veces al día; pensar; soñar; oír música; ir a cine o al teatro; desandar calles y ciudades; comer en la calle o en algún sitio inesperado entrar a un restaurante y dejarme sorprender y caminar. Caminar me anima siempre. Me quita la tristeza, los malos pensamientos y me devuelve la alegría, las ganas de ser. Hoy, como varias veces a la semana, caminé a orillas del Rin. Aunque el invierno tiñe de grises y ocres el paisaje, la vista siempre es estupenda. El Rin es un río vital. Navegan barcos de carga río arriba y río abajo, parejas, niños, viejos, jubilados, jóvenes enamorados y ciclistas van y vienen, los remeros en sus embarcaciones, las gaviotas volando y los patos nadando en busca de comida. De fondo el Drachenfels y las Siebengebirge. El Rin es ya parte del paisaje de mi vida. El sonido del agua, del tren en la orilla opuesta, las charlas de los transeuntes que se oyen y pierden, y el viento helado que siempre sopla del sur. El Rin y yo somos amigos, cómplices y ambos cada uno a su manera viajeros del tiempo.

domingo, 23 de febrero de 2020

Tengo 64 años




Cuando digo que tengo 64 años -ahora caigo en cuenta- en realidad de lo que estoy hablando es que ya no tengo 64 años de mi vida, pues ya los he vivido. Se fueron. Son pasado. No volverán. Que me quedan cada vez menos años por vivir. Que no se si serán muchos, pocos o apenas meses, semanas o días.

Cuando digo que tengo 64 años quiere decir que si ahora no hago lo que quiero, nunca lo haré. Y si insisto en hacer lo que no quiero, soy un pendejo.

He vivido 64 años y ojalá me queden los suficientes para hacer lo que al fin sé que quiero y puedo hacer.

viernes, 27 de diciembre de 2019

Apuntes personales de la vida


Nunca seré famoso ni importante. Ni popular ni reconocido en la calle. He pasado por los años y me he empapado de ellos. Los he vivido con ganas, con alegría, con tristeza, con soledad y compañía. Desde niño quise vivir en mis propios términos, de la manera que yo creía que debía vivirse. No siempre lo logré. Un par de veces me traicioné y no fue buena idea. Aprendí que para bien o para mal solo puedo ser yo.

Hice tantas cosas que me hicieron feliz y a veces también hice feliz a otros. Bailé, reí, monte en cicla, nadé, caminé, corrí, jugué, recorrí caminos y ciudades, descubrí otros mundos y otras formas de pensar.

Tuve años horribles, dolorosos, que me marcaron para siempre. No faltaron las decepciones, los fracasos, las derrotas, la amargura y la enfermedad. Pero también los hubo maravillosos con triunfos, éxitos, dichas y amor. Rocé el poder y el dinero, caí en la pobreza. Y volví a surgir.

Viajé y me fui de Colombia. Me vine a estas tierras a orillas del Rin y construí de nuevo una vida. Una parte de mí siempre mira hacia Colombia y la otra mira el presente y el futuro en este país que ya es parte de mí.

He vivido lo que me fue dado y he procurado ser leal a mí y a los demás.

Nunca seré famoso ni importante. La vida me ha dado y quitado sin preguntarme jamás, ella es todopoderosa y yo trato de ser y hacer a mi manera. La vida es una expectativa y una incógnita. Da miedo y alegría. Duele siempre. Pero este oficio de vivir me gusta.

sábado, 14 de diciembre de 2019

Quiero creer

Quiero creer que existe alguien que es feliz, no con esa felicidad de las fotos de facebook, de las vacaciones, de la fiesta de fin de año ni del reencuentro con los compañeros del colegio o de la reunión familiar en la finca del tío. No la felicidad de las fotos, esa felicidad obligada de pertenecer a un grupo. No, quiero la felicidad auténtica del que lo es aún solo entre las cuatro paredes de su vida. Necesito que exista esa persona feliz que yo no soy y nunca he conocido.

Quiero creer que alguien no está solo en este mundo, que no sufre de esos mínimos cuarenta días al año que la vida nos condena a sentirnos solos. Necesito que exista.

Quiero creer que hay alguien en este mundo que no lleva esa tristeza que yo siento desde que pensé por primera vez, esa nostalgia de ser, esa melancolía de existir, de no poder ser completamente feliz, irremediblemente feliz.

Quiero creer que alguien en este mundo aún me ama y no lo sé.
Quiero creer que eres tú y que en cualquier momento doblarás la esquina en que el amor que lleva toda la vida esperándote en mí te encontrará.

Quiero creer que yo seré un día tu felicidad que tanto me hace falta.