jueves, 1 de mayo de 2014

Mi encuentro con Isabella de Montfort Parte 5






Parte 5


En el apartamento, que es una miniatura con todo lo que necesita una joven para vivir y estar cómoda, mi hija ha inventado una mini terraza de cactus en el techo que está bajo su ventana. Ahora que hace calor, que las noches son largas, sacamos dos sillas y nos sentamos a disfrutar el adiós del día y estar juntos así sin más que el placer de sabernos y querernos. Estar, estar vivo y sano, estar con alguien que te ama sin pedir nada a cambio, estar y dejar que la vida se descubra a sí misma frente a nosotros, no querer nada diferente a estar en este momento vivo. Esa es la felicidad. Mi felicidad. En silencio, cada uno en sus pensamientos, sin miedo a estar callado. Una delicia.
Mientras tomamos jugo de naranja helado y oímos al fondo Abba, pienso que el amor es una canción que sólo oyen los enamorados. Es casi media noche. Estamos cansados. Mis ojos se están cerrando. Me estoy yendo hacia el mundo de los sueños. Es hora de dormir. Mañana será otro día.

El cielo está lleno de estrellas. Los aviones que aterrizan en Frankfurt sobrevuelan a baja altura Mainz. En los apartamentos vecinos algunas luces siguen encendidas, un grupo de personas charla en un balcón, una mujer está en la cocina y una joven se asoma a vernos. Con un gesto de la mano la saludamos y se esconde desconcertada. Nos reímos. La torre de la catedral de San Eufrasio, que está a unos cincuenta metros de distancia, sobresale sobre la oscura silueta de los edificios que nos rodean. A nuestros pies hay restos de la antigua muralla de la ciudad. Los mosquitos se sienten atraídos por la luz y por nosotros. Es hora de entrarnos y descansar.
Me acuesto. Con este calor sólo me cubro con la cobija desde la rodilla hasta la cintura. No siento frío, pero necesito sentirme protegido al dormir. Antes de dormir me gusta pensar algo agradable que me lleve con suavidad al sueño. No se oyen ruidos. Me dejo ir para mañana volver a ser.
Cierro los ojos y pienso en ellas. Las guapas y maravillosas mujeres que tanto he amado. Digo en mi mente sus nombres que tanto significan. Suspiro y me giro en la cama. ¿Ellas donde estarán? ¿Qué estarán haciendo?
Debo dejar que los nombres de las mujeres que me amaron regresen a ellas. Dejar que vuelen sus besos, sus miradas y sus palabras con el viento. Volverlas recuerdo dulce recuerdo del ayer. Es hora de soltar el pasado, dejarlo descansar, permitir que el presente florezca, que me envuelva, que me absorba. Es hora de vivir el momento. Disfrutar la vida que me queda. Amar, amar de nuevo, si es aún posible.
Es hora de dejar que el pasado descanse. Es el tiempo de so
ñar, sentir y vivir. Y ahora me dormiré, porque mañana me espera un nuevo día, otro presente que será todo mío.
Mi hija cocina mucho mejor que yo. Todo lo que hace le queda delicioso. No hay nada como su arroz blanco y sencillo. Ummmmm...Nos hemos levantado tarde. Son las diez y media de la mañana. Ha preparado jugo de naranjas recién exprimidas, huevos revueltos, café y arepas. Un desayuno riquísimo y charladito como nos gusta. Después de desayunar me encargo de recoger los platos y arreglar la cocina. Nos repartimos el trabajo de la casa. Siempre ha sido así.
En verano, las mujeres son más guapas. Salen de casa con sus vestidos ligeros, sus sueños a flor de piel y llenan las calles con su presencia. La ciudad se impregna de sensualidad, de ojos con miradas infinitas, pieles suaves, pecas y deseos . Hacia donde mire hay mujeres y promesas de amor. Y están las adolescentes siempre riendo, en grupo, nerviosas, inocentes, con sus hot pants que son una invitación a los sueños, al ayer, a la vida en busca del amor. La calle es una algarabía, ruido de carros, de personas, de expectativas, de ilusiones. El mundo está ebrio de verano. Qué maravilla que existan las mujeres que son la vida, mi vida, mis sueños, mi alegría y mi poesía. Amo la vida, porque está llena de mujeres.
Cuando salgo de compras con mi hija no llevamos rumbo fijo ni una meta determinada. Dejamos que el camino nos guíe. Doblamos por calles en las que no hemos estado y buscamos en los escaparates ser sorprendidos. Las cosas nos llaman o nos ignoran. Unas sólo quieren que las miremos, otras quieren observarnos, que las recordemos. Salir de compras con mi hija es una invitación a imaginar vidas diferentes, a arriesgarse a otras posibilidades. Es optar por algo que nos acompañará y determinará. En las compras nos definimos, descubrimos y mostramos cómo somos y cómo queremos que otros nos vean. Una compra no es sólo una compra más, es una forma de reconocernos.
Salir de compras con mi hija es una fiesta y también una manera de acercarnos el uno al otro. Caminamos, miramos, nos detenemos, observamos, nos reímos, pero, sobretodo, hablamos. Desde que era casi bebé, ella y yo hemos hablado y al hablar hemos tejido el afecto que nos une y protege. Nos hemos hecho fuertes el uno al otro.
Tampoco es que muera por ir de compras. Me aburre quedarme mirando cosas sin decidir si se compran o no. Siempre sé qué quiero y si lo voy a comprar o no. Mis compras son rápidas y fáciles. Las compras con las mujeres son largas, interminables y no saben bien si quieren algo o no. Me encantan las camisas blancas o azules. Creo que sólo tengo camisas de esos colores. Desde la juventud me visto igual. Es decir, soy un humanista conservador. La mayoría de compras las archivo para estrenarlas un día que valga la pena. Así que tengo pantalones, sacos y camisas sin estrenar esperando por su oportunidad. Tengo mi ropa predilecta y ésa es la que uso a diario. Y siempre hay una camisa, pantalón o zapatos preferidos que quiero usar todo el tiempo.
Mi hija sabe bien qué quiere y eso nos hace posible salir juntos de compras. Aunque para llegar a los almacenes que quiere ver damos vueltas y revueltas. Bajamos al Rin y caminamos por su orilla. Regresamos al centro por entre las calles perdidas. La plaza frente a la catedral de Mainz es un sitio espectacular con sus casas de fachadas decoradas del siglo XVII, sus cafés al aire libre, el mercado y el café junto a la entrada lateral de la catedral donde se comen los mejores corazones del mundo (acá los llaman orejas de marrano) y un chocolate delicioso. A pesar del calor entramos y nos sentamos en una mesa para dos. El sitio es muy concurrido y hay muchos alemanes viejos. Bueno, Alemania está llena de viejos. Y yo ya soy uno de ellos. Pero también hay un par de parejas jóvenes. Antes de llegar al café hemos visto los grandes almacenes de ropa y de marcas famosas. Los templos del consumismo. Y de verdad que no he visto en mi vida gastar tanto como en Alemania. Pero mi hija prefiere los almacenes pequeños de marcas menos conocidas, pero más originales. Marcas danesas, checas o italianas , que son un secreto a voces de los que aman la moda. Son almacenes que ofrecen una moda diferente y novedosa que para mis ojos de lego en el tema es muy bella.


En una esquina de una calle lateral al Marktplatz está NoaNoa, un almacén danés de moda indie. Varias tardes nos hemos detenido frente a su vitrina para mirar los modelos que exhiben con un gusto exquisito. Mi hija siempre queda encantada. Así que hoy hemos decidido, es decir ella ha decidido, entrar. Parte del encanto del almacén es que no exhiben muchas cosas. Sino que destacan cada modelo de tal forma que parece único. Hay espacio alrededor de la ropa y luz que se concentra en los detalles, que adornan y mejoran el modelo. En un mundo de consumo masivo se agradece tener una prenda que no todo el mundo lleva. MI hija se compra un par de blusas y una falda, además de una cartera, medias y un par de bufandas. Salimos llenos de paquetes y ella, que está feliz con sus compras, quiere llegar rápido a casa para probarse la ropa nueva.

Recuerdo cuando era chiquita que tenía toda su ropa traída de Europa por la abuela y que salíamos a la calle y todo el mundo la miraba, porque era bellísima. Sigue siendo guapísima y la siguen mirando mucho. Especialmente las mujeres ,que es el signo indiscutible de que se está bien vestido. Es una mirada entre disimulada y afanada por captar que es lo diferente que lleva puesto. Mi hija mezcla prendas exclusivas con ropa comprada en el mercado de pulgas y cosas que ella se cose. Le encanta coser, pintar y todo lo que sea de hacer con las manos. La veo y no me puedo creer que ya sea una mujer hecha y derecha con la vida en sus manos, independiente y decidida a conquistar el mundo. Para mí ella siempre será mi hija, mi niña, mi bebé. Obvio que esto no lo digo en publico. Sólo lo pienso en silencio mientras la miro.
Antes de llegar a casa, paramos en un kiosko pequeño donde venden helados de crema. Adoro los helados soft cream de vainilla. Acá el monopolio del helado está en manos de los italianos. Pero sus helados no me gustan tanto. Hace años que no me como uno de ellos. Nos devolvemos por la Augustinerstrasse comiendo helados y llenos de paquetes. Pareciera que la ciudad entera está en la calle. Bulle. Hay gente sentada en los bares o comiendo en los restaurantes, paseando o de compras y por todos lados los jóvenes. Y las maravillosas adolescentes insaciables de vivir, de aprender, de reír. Un espectáculo de vida son las jóvenes. Pero yo soy invisible para ellas. Me vienen a la memoria los versos de Rubén Darío “Juventud, divino tesoro, te vas para no volver..” Mainz es una ciudad pequeña y todo está cerca. Así que pronto llegamos a casa. Es decir, al apartamento de mi hija.
En el apartamento, mi hija corre a medirse lo ropa que ha comprado. Se lleva para su habitación los paquetes que ella ha cargado y los que le he llevado yo. Está feliz. Me sonríe. Y desaparece detrás de su puerta. Después de un rato, sale y me mira mientras posa con uno de los vestidos nuevos. Le queda precioso. Luego vuelve a irse, a entrar, a irse unas veces con el pelo suelto, otros, recogido; cono o sin cinturón, con pulseras o sin ellas, cono collar y sin collar, cono una cartera o con otra y con cada vestido, blusa o saco que se compró repite la misma ceremonia de expectativa y felicidad que le da ponerse ropa nueva.

Aprovecho para sentarme en una silla grande y cómoda frente a la televisión a descansar, a dormir tele mientras pasa por enésima vez Bridget Jones por la tele. Mi hija saldrá esta noche con un amigo y voy a aprovechar para leer un par de libros de poesía. No son un par de libros cualquieras: el uno es “Textos en la sombra” de Víctor Paz Otero y el otro es “El vino rojo de las sílabas” de Fernando Denis. Los dos son una maravilla. Los releo con frecuencia y los tengo a mano. Leerlos es despertar a mundos bellos e imposibles, que son lo único posible que me gusta de la vida: sus imposibles. Me enriquecen mi propia poesía, porque me abren posibilidades a nuevas maneras de entender las palabras y sus relaciones, afectos y sonidos con otras palabras. Escribo otra poesía, pero ésta es una fuente de inspiración para mí. Hay tantos poetas colombianos buenos que creo que nunca terminaré de descubrirlos y de leerlos. Lo bueno de Colombia es su poesía. Es única y universal. 

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