sábado, 23 de mayo de 2020

Del instante, de la belleza, del ser y de la monotonía











Ya los veo. Es decir, los imagino a cada uno en su reino, su territorio de monotonía del que no pueden huir. Allí están. Es decir estamos, porque todos estamos atrapados en la monotonía. Porque la vida no es un encadenamiento de sucesos únicos e irrepetibles. Porque París es una fiesta, pero la vida no. Al contrario, es una secuencia de hechos, ritos y costumbres que se repiten una y otra vez de la mañana a la noche hora tras hora, día tras día, semana tras semana durante nuestra vida. 
 
Durante mi ya larga monotonía me he escondido de ésta en los libros, los juegos, los sueños y la escritura. Como dicen por ahí, he matado el tiempo viviendo mil otras vidas en mi mente. 
 
En el aburrimiento de la repetición he encontrado placer en detener el tiempo, en captar el instante con fotos. Una manera de hacer que pase algo donde no pasa nada. Fotografío todo el tiempo. Todo lo que veo, lo destacado y lo desapercibido, lo grande y lo chiquito, la gente, las cosas, la naturaleza, todo aquello que me rodea. Esa parte de mí que sin ser yo es también mi yo, el universo en que soy. Universo que suele ser pequeño pero lleno de sorpresas y belleza o feura o tristeza o descuido. Captar el detalle, la efímera realidad con la dureza o delicadeza de las cosas. Una manera de nostalgía que llevo dentro porque nunca seré un dios, pero intuyo cielos y olimpos en todas las cosas. 
 
Les muestro algunas de las flores y matas de mi cuarto...tan calladas y bellas compañeras de mi vida. Solo porque estoy aburrido, por supuesto.

viernes, 17 de abril de 2020

Nací para caminante



Nací para caminante. Me deshabito a cada paso que doy para ser pura existencia. Soy el aire frío del invierno, aspiro profundo el instante, dejo que el paisaje y yo nos asombremos, navego con mis ojos el Rin, me fundo en el instante de luz o en la imagen escondida en las sombras de los desnudos árboles, busco lo desconocido que espera ser descubierto, doy rienda suelta a ese diálogo entre el parque y mi alma, somos un diálogo sobre lo divino y humano, soy observado por las bandadas de pájaros de la Rheinaue volando, soy el silencio que mira a los patos y los cisnes que nadan en los lagos, me veo en la gente trotando sus vidas o llevadas por su perro de paseo. Sé que soy un momento que piensa la inmensidad, ese todo de verdes que crecen hacia el cielo, de líquidos azules y grises cantos de las nubes en movimiento. Soy un hombre en el universo que regresa a la naturaleza para ser camino.

jueves, 16 de abril de 2020

El Pescador


El Pescador




El amor lo tomó por sorpresa al cruzar el Rin después de una larga jornada de pesca cerca de Niederollendorf. Al bajarse de la barca, se puso el sombrero, se arregló la chaqueta. No había sido un buen día. No habían pescado nada. Esta noche habría solo pan negro en la mesa de los Guttmann. Emprendió el camino a paso lento y cabizbajo sin poner atención a los demás. Una sombra lo empujó tratando de sobrepasarlo. Se volteó a mirarla con la intención de desahogar su frustración, pero al verse frente a esos ojos de un azul profundo y el pelo rubio ondulado de ella se le olvidó el mal día. La saludo y se excusó. Ella sin decir nada siguió su camino. Él se fue detrás de ella a cierta distancia. La vió entrar en la casa con el número 53. No sabía que hubiera vuelto a vivir alguien en esa casa, pensó y regresó a casa con una sonrisa en los labios y la idea de que al día siguiente la buscaría y hablaría.

Esa noche se durmió con la dicha del amor encontrado. Salió bien de mañana a pescar con tan buena suerte que al mediodía ya tenía las canastas llenas de pescado. Dejó su barca a orillas del embarcadero de Plitersdorf. Entregó una parte del pescado en la casa de los pescadores que se encargaba de la venta y corrió a casa. Saló el resto del pescado y lo puso a secar al aire fresco. Se lavó la cara y las manos. Se peinó y salió de casa. Caminó hacia el número 53 y ya frente a la puerta golpeó. Así pasó una hora y nadie abría. Una mujer que lo observaba desde el frente, le gritó que en la casa no vivía nadie desde la última hambruna en 1790 en que la hija de los Braun murió de hambre a los dieciséis años. Él la miró con los ojos vacíos de la decepción y calló. Se sentó frente a la puerta y ahí siguió toda la noche.

Cada día desde 1848, después de faenar en el Rin, el pescador va al número 53 y se sienta a esperar al amor.

jueves, 2 de abril de 2020

Habemus corona virus



No sé si será bueno o malo, pero en Alemania todavía se puede salir a la calle a caminar, máximo dos personas de la familia y manteniendo una distancia de dos metros. Y la gente sale. Los buses, el metro, los tranvías y los trenes funcionan como siempre. Están cerrados los restaurantes, aunque pueden hacer domicilios, y los almacenes. Las droguerías, los bancos y las panaderías están abiertas. Una parte de los empleados trabajan desde la casa. Otros tienen Kurzarbeit, una subvención del estado para que las empresas no echen a los trabajadores ( esa medida ya se había aplicado en la crisis económica del 2008 con mucho éxito y por ello la recuperación económica de Alemania fue más rápida que en otros países). El país está semi paralizado. No hay vuelos comerciales.

Ayer, después de una semana larga de semi encierro, salimos a caminar a orillas del Rin. Como los días están estupendos, fue un placer de dioses. Me encanta caminar. Esa costumbre la tengo de papá a quien siempre le ha gustado caminar. Los dos hemos dado muchas largas caminadas. El cielo y el Rin están azules y los árboles en flor. Espectacular. Se podría creer que no estamos en medio de una pandemia.


Pero las noticias y los medios solo hablan del corona virus. Eso también abruma, la verdad. El gobierno informa que después de Pascua y según como
evolucione la epidemia, se pueden aflojar o no las restricciones.
Ya veremos. 


Hago mi vida común y corriente, pero ahora a falta de presencia física, hablamos mucho por whatsapp con mamá y mis hijos.

Estoy leyendo la más corta historia de Alemania de un catedrático británico, James Hawes, con su chispa británica y datos claros y concisos, la historia de la República Federal de Alemania desde su fundación de Manfred Görtemaker. Más denso y complejo. Y Bartleby, el escribiente de Herman Melville, de una colección de literatura fantástica escogida por Jorge Luis Borges, la historia de un empleado que un día se niega a obedecer órdenes. Confieso que soy un lector que me gusta picotear libros. Empiezo a leer, dejo de leerlo y busco otro, empiezo la lectura de un tercer libro y a veces lo sigo leyendo. Otras, no. Y así hasta que un día un libro al fin me seduce y me lo leo de una sentada. Con los de historia siempre es con disciplina.


Y aprovecho para chismosear un poco, que es la sal de la vida, la pareja francesa de al lado, después de no verla por dos semanas, ha salido a caminar con sus hijas. En este edificio viven ingleses, japoneses, checos, una señora alemana, franceses y nosotros, los colombianos. Somos cosmopolitas...que es como decir provinciano en el extranjero hablando otros idiomas.


Bueno, ya no más carreta que quiero oír música o ver una peli en Netflix o asolearme en el balcón.

miércoles, 4 de marzo de 2020

No nos digamos mentiras


No nos digamos mentiras, no fue por cumplir con nuestro deber, ni porque teníamos compromisos anteriores y menos por ser valientes y dispuestos a todo por ser leales. No, lo nuestro no fue más, porque nos era más cómodo no seguir adelante, no arriesgar la monotonía que teníamos por lo desconocido, por un amor que quizá a mitad de camino ya no existiera. No fuimos para nada valientes ni leales, fuimos cobardes como la mayoría, como los millones que cumplen horarios, aportan a la seguridad, trabajan de ocho a cinco y en verano van al mismo sitio siempre. No fuimos capaces de creer en nuestro amor, en lo incierto, en lo desconocido...no fuimos capaces de ser nosotros mismos.

Ni tú ni yo hablaremos de nosotros con nadie más. Será nuestro secreto, nuestro recuerdo, nuestro olvido.

Cuando me miro al espejo miro a un tipo que se equivocó por no ser capaz de arriesgarse a ser feliz cuando la vida le dio la oportunidad.

No nos digamos mentiras, seguimos viviendo y a muchos les parece que somos felices, pero tú y yo nunca sabremos qué había más allá, donde el amor es rey, donde solo el deseo, el placer y la felicidad son el pan de cada día.
No importa, la vida continúa, continúa sin nosotros, sin amor o con otros amores y otros deberes...no importa. Cuando debimos ser, no fuimos.

He durado muchos años en aceptar y entender qué nos pasó y que dejamos que todo un universo, el nuestro, no fuera.

Pero a pesar de la realidad y la decepción, siempre siempre querré volver a despertar en ese día que por primera vez nos vimos.

lunes, 24 de febrero de 2020

Placeres




No temas a los dioses;
no te preocupes por la muerte;
Lo que es bueno es fácil de obtener
Anónimo



Mis placeres son sencillos: leer siempre; escribir todos los días; cocinar, charlar, reír, bailar, cantar y contarnos la vida una y otra vez en familia; charlar con otros; montar en bicleta y nadar en el verano; reír muchas veces al día; pensar; soñar; oír música; ir a cine o al teatro; desandar calles y ciudades; comer en la calle o en algún sitio inesperado entrar a un restaurante y dejarme sorprender y caminar. Caminar me anima siempre. Me quita la tristeza, los malos pensamientos y me devuelve la alegría, las ganas de ser. Hoy, como varias veces a la semana, caminé a orillas del Rin. Aunque el invierno tiñe de grises y ocres el paisaje, la vista siempre es estupenda. El Rin es un río vital. Navegan barcos de carga río arriba y río abajo, parejas, niños, viejos, jubilados, jóvenes enamorados y ciclistas van y vienen, los remeros en sus embarcaciones, las gaviotas volando y los patos nadando en busca de comida. De fondo el Drachenfels y las Siebengebirge. El Rin es ya parte del paisaje de mi vida. El sonido del agua, del tren en la orilla opuesta, las charlas de los transeuntes que se oyen y pierden, y el viento helado que siempre sopla del sur. El Rin y yo somos amigos, cómplices y ambos cada uno a su manera viajeros del tiempo.

domingo, 23 de febrero de 2020

Tengo 64 años




Cuando digo que tengo 64 años -ahora caigo en cuenta- en realidad de lo que estoy hablando es que ya no tengo 64 años de mi vida, pues ya los he vivido. Se fueron. Son pasado. No volverán. Que me quedan cada vez menos años por vivir. Que no se si serán muchos, pocos o apenas meses, semanas o días.

Cuando digo que tengo 64 años quiere decir que si ahora no hago lo que quiero, nunca lo haré. Y si insisto en hacer lo que no quiero, soy un pendejo.

He vivido 64 años y ojalá me queden los suficientes para hacer lo que al fin sé que quiero y puedo hacer.