viernes, 15 de agosto de 2014

He amado y he sido amado




Lo que he vivido, lo que he hecho, lo que he sido, lo que he tocado, lo que he amado, lo que he sentido y conocido, lo que he visto, lo que he soñado; cada segundo que he vivido, la tristeza y lo que he llorado, cada momento feliz, todo ha sido mío. 

He sido dueño del universo. He sido un dios para mí. He sido muchos. Me he entregado a la vida y a los sueños los he vuelto realidad, he amado y he sido amado; y eso es todo, todo lo que siempre quise ser. 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Conversando contigo




Comenzaré por confesarte que en mi mente he conversado contigo muchas veces. Y que nos hemos comprendido también como cuando conversamos en las tardes en que no existe nadie más que nosotros.

Me gusta conversar contigo. Me gusta que charlamos sin competir, sin ningún interés distinto a compartirnos. Me gusta la atmósfera que creamos: esa intimidad, ese lazo invisible entre los dos que nos une. Me gusta que nos entendemos y aceptamos sin pretender cambiar al otro.

Me gustan nuestras conversaciones, porque es igual a caminar un territorio que conocemos, porque es nuestro mundo, ese secreto lugar donde somos.
Conversamos, porque es nuestra manera de unirnos más, de confiar el uno en el otro, de conocernos siempre un poco más, de sentirnos seguros con el otro.

Me gusta conversar contigo, porque sólo es entre los dos. Y el universo es nuestro y descubrimos que no estamos solos, que los dos somos como uno.
Me gusta conversar contigo mientras caminamos, o bailamos, o mientras comemos o cuando estamos sentados en un café al aire libre viendo pasar el mundo frente a nosotros.


Cuando converso contigo sé que ya nunca más estaré solo y que la vida se hace conversando. 

jueves, 7 de agosto de 2014

La primera vez que quise morirme


La primera vez que quise morirme en protesta por algo que me habían dicho y no me había gustado, tenía cuatro años y algo me dijeron mis papás que me indignó, y me fui a mi cuarto, me acosté en la cama, puse los brazos como un crucificado y dejé de respirar. Cinco segundos después tuve que respirar de nuevo. Mis papás no se habían dado cuenta de que yo pretendía morirme indignado, porque me habían dicho algo que no me gustó. Así que en silencio volví al lado de ellos y seguí actuando como si nada hubiera sucedido.

Ese día no comprendí que uno no es tan importante como cree. No al menos en cuestión de pataletas.
Lo curioso es que yo no he cambiado ni un poco. Aún sigo, de cuando en cuando, queriéndome morir en protesta, porque la vida, las cosas o las personas no son como yo quiero. Pero a los cinco segundos tengo que respirar de nuevo...


Así que en silencio vuelvo al lado de las personas que siempre me han querido y actúo como si nada hubiera sucedido. 

Los mandamientos de la Nueva Derecha Mundial




  • Pensar es pecado.
  • La inteligencia siempre debe ser militar.
  • Todo el que se defiende de un ataque nuestro es terrorista.
  • El dinero mal habido es bienvenido.
  • Los hombres no son iguales. Y las mujeres, mucho menos.
  • Los pobres son sucios, ignorantes y peligrosos.
  • Todo lo del pobre es robado.
  • Los terroristas son culpables de todo lo que hacemos mal.
  • Nosotros matamos gente inerme en defensa propia.
  • Nosotros decidimos quién es bueno o malo.
  • La ley somos nosotros.
  • No somos criminales, somos perseguidos políticos.
  • Todos los musulmanes son malos, peligrosos y brutos.
  • Las armas son nuestra única razón.
  • Los socialistas siempre fueron, son y serán los malos.
  • La paz que buscamos es la de los sepulcros.
  • Quien no es capaz de cometer delitos no es digno de pertenecer a la derecha.
  • El humanismo y la democracia son nuestros enemigos.
  • Donde no hay gobiernos de derecha todo está mal.
  • No podemos estar equivocados, porque todo lo hacemos en nombre de dios.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Esperando por ti




Con lluvia o con sol, a cualquier hora del día, sin ti o solo cada día que vivo es único: cada día me sorprende, me abruma, me da todo, no me pide nada a cambio, se entrega a mí minuto a minuto y me llena de experiencias, emociones y conocimientos.

La vida no es buena o mala. La vida es. Me da todo y a veces le agradezco por hacerme feliz y otras, la detesto por sentirme infeliz. Pero aún la tristeza es algo que nadie se debería de perder. Sentir es un regalo de la vida: sentir el frío o el calor, el dolor o el placer, la noche o el día, lo blanco o lo negro, lo triste o lo alegre. Sentir que soy parte de la vida es mi único don y lo único que puedo ofrecer.

Cada vez más tengo menos que decir. Lo que tenía que contarte ya lo he escrito. Ahora sólo queda esperar. Dejaré que el verano llueva sobre mí. Leeré en calma las tardes en que no estás conmigo. No preguntaré por ti ni voltearé a mirar si ya estás regresando. No te nombraré. Tú sabes todo de mí: dónde encontrarme, cómo quererme y cuánto te quiero.

Lo que tenía que decirte ya de mil maneras lo he escrito. Si no sentiste que te hablaba a ti, si no suspiraste o quisiste dejar todo y correr a mí, está bien. Así es la vida y así es como quiero que sea. No puedo decir nada más.

No me iré a ningún lado ni estaré esperando por ti (Aunque esté esperando por ti). Guardaré silencio y seguiré viviendo. Me prometo que nadie sabrá nunca que te he amado tanto.

Ahora saldré a vivir como todas las mañanas y veré la poesía de las cosas que los demás ignoran o evitan. Seguiré descubriendo las palabras que la vida quiere que yo sepa, que necesita que yo escriba.

Pero, sobre todo, espero que la vida no olvide que yo vivo porque siempre estoy a punto de enamorarme aunque esté solo y no sepa aún de quién. Por eso no te prometo que acepte que me hayas olvidado. 

martes, 5 de agosto de 2014

Confieso que yo también trotaba




Confieso que yo también trotaba. Y confieso que nunca me gustó. No entendía por qué cansarse sin remedio hasta quedar sin aliento y dolor de vaso. En fin, esa tortura inútil no era para mí. Nunca lo fue. Pero igual trotaba. Trotaba todos los días. O casi todos los días. Y yo no entendía para qué. Pero, trotaba.

Y cada vez que terminaba de trotar estaba ahogado, mamado, agotado. Pero había trotado. Todos trotaban, luego yo también trotaba. Y era flaco, alto y sano como suelen ser los jóvenes.

No entendía para qué servía trotar: ese fatigarse sin remedio, ese sudar cual loco desatado, ese ahogarse y morirse de sed, ese calor insoportable en el cuerpo. Ese enmelocote que es uno después de trotar y todo para qué. Yo no lo sabía, pero trotaba.

Un día alguien me explicó que se trota para mantenerse en forma, para estar saludable. Entonces me gustó mucho menos trotar. Pero trotaba y ya entendía para qué la gente le gusta ponerse colorado como si se fuera a morir, jadear y sudar como marranos: para estar saludables. Y todos sabemos que la salud es muy importante. En realidad lo único importante.

Así que yo seguí trotando aunque no me gustaba. Trotaba en la casa, en el parque, por las calles y subía y bajaba escaleras corriendo. Y era flaco, alto y joven. Pero no me gustaba trotar.

Un día de esos días que sólo suelen suceder en las películas porque confirman lo que el protagonista ha pensado de las cosas y que nadie le cree. Un día de esos que si no fuera porque lo viví, no me comería el cuento ni de vainas. Pero así sucedió, a pesar de que no era posible. Iba yo corriendo con un grupo de amigos, entre ellos el chacho de la pradera, el nonplus ultra de los fanáticos del trote, el super sano, el héroe de los que les gusta sudar mucho, él que era sólo músculos, cuerpo de dios, bronceado permanente y mirada de yo me acuesto con quien quiera, que siempre trotaba a la cabeza y cuando todos habíamos desistido de la tortura, es decir de trotar, el desgraciado seguía trotando quince minutos más y llegaba con una sonrisa de oreja a oreja mientras nosotros seguíamos tirados en el prado tratando de recuperar el aliento y encontrar una razón plausible para hacernos esa maldad de trotar todos los días. Ese día él también iba adelante y como siempre sonriendo y con la ropa de moda para correr aún mejor. Yo como siempre con un par de tenis Croydon blancos y sencillos como sencillo era mi deseo de no correr más. Pero, si todos trotaban, yo trotaba. Y así todos trotábamos detrás del ejemplo viviente de lo saludable. Después del primer kilómetro, se desplomó el gran deportista. Así como se caen los heridos de muerte en las películas: sin ruido y con los ojos perdidos en un horizonte que ya no es de este mundo. El hombre más saludable que yo conocía se había muerto de repente y yacía como un pollo tieso en el piso con la cara del color de la cera, de las velas de noche. Lo había matado el trotar, el elexir del salud. Había muerto por saludable. Había colgado los tenis para siempre. Era un cadáver más. No era nadie. Y yo estaba cansado de trotar.


Así que me alejé para siempre de esos amigos, de ese mundo, de la salud y, sobre todo, de trotar. Yo no quería estar sano, yo quería vivir. Y decidí vivir y vivir a mi manera: me puse a escribir y desde ese día no he dejado de escribir. Aunque según los gurús de la salud debería estar muerto hace años.

Mientras estoy escribiendo este texto veo a través de la ventana a una pareja trotando. 

lunes, 4 de agosto de 2014

Isabella y el mar Báltico




Isabella sigue en el mar. La veo correr, chapotear, lanzarse bajo las olas, volver a salir, lanzarme agua aunque estoy lejos y el agua no me llega. Me sonríe y no deja de mirarme. Se voltea y corre hacia el horizonte. Es mediodía y este rincón de la playa está solo. Queremos estar solos. Disfrutar el uno del otro. Ser de los dos.

Hemos llegado hacia las once de la mañana en un carro que hemos alquilado en Schwerin. El hotel está en el bulevar que da a la playa. Una de esas casas construidas a comienzos del siglo veinte para los señores de la gran ciudad que venían a pasar el verano al mar. El hotel es pequeño, confortable y nuestra habitación tiene un balcón con vista al mar. Isabella no ha perdido el tiempo. Se ha puesto el bikini y me ha obligado a ponerme el vestido de baño para ir a la playa. Así que estoy acá sentado sobre una toalla en esta soleada playa obervando maravillado la belleza de Isabella. De esa muchacha que me quiere, que no le importa el qué dirán. Porque el qué dirán sólo existe en nuestra inseguridad, dice ella.

El agua del Bático es fría. Pero hoy está agradable. Bueno, más o menos. Yo he entrado con ella al agua y me he zambullido bajo las olas y nadado mar adentro. No muy lejos, porque este mar es traicionero y tiene corrientes muy fuertes que se lo pueden llevar a uno. Isabella nada a mi lado, a mi ritmo tranquilo que me permite nadar por más tiempo. Ya no soy el nadador de San Andrés. Nos abrazamos. Nos besamos. Nos queremos. Nos queremos demasiado. Nunca es demasiado. Nunca es demasiado, repite Isabella cuando me habla de lo mucho que me quiere.

Después de un rato, yo he vuelto a la playa e Isabella se ha quedado en el agua. Y allí es donde la estoy viendo en este momento: dorada por el sol y por el verano, de los pies a la cabeza bella, llena de vida y juventud. Parece una diosa, mi diosa del amor. Viene hacia mí. Se ríe. Yo me paro sin dejar de mirarla mientras sostengo su toalla en la mano. Llega a mí y me abraza. Me dice, mientras recuesta su cabeza en mi pecho, que oye mi corazón hablándole al de ella. La beso. No paro de besarla en el pelo, en la cara, en el cuello. Isabella, la playa y este instante eterno en que somos felices.

Me gusta el querer espontáneo de ella. Me gusta ella, su mirada infinita que me sonríe cuando se cruza con la mía. Me gusta cuando me coge de la mano así al descuido, cuando me besa de repente como mil veces al día. Me gusta cuando sale corriendo y desde lejos se voltea a mirarme y me grita que me quiere.

Me gustan sus veinte años que todo lo abarcan y a nada le temen, su incansable deseo de jugar, de saber, de amar y de vivir. Ese enamorarse sin remedio de la vida que es ella. Isabella hace que la vida me enamore.

Me gustan sus ojos que parecen ver más allá, su sonrisa que le quita la tristeza a cualquiera, su pelo largo que vuela y baila al ritmo de sus movimientos, sus gestos: esa manera que tienen sus ojos de llenarse de estrellas cuando me habla de un tema que le fascina como su piano y los conciertos de piano. Me gusta su cara, su preciosa cara de mujer y de inocencia. Me gusta su manera de mostrar sus emociones y sus sentimientos, la forma de expresarse y esa manera que hace que el alemán se oiga como un idioma cálido y enamorador.

Me gusta como me quiere, como me hace sentir único, como duerme a mi lado y el calor de su cuerpo que me tranquilza, su olor a durazno y a primavera, su natural desnudez cuando camina por la casa, esa manera que tiene de despertarme con una sonrisa y su forma interminable de darme las buenas noches hasta bien entrada la mañana.

La quiero porque sí, porque es ella, porque es la primavera y porque me quiere como yo siempre quise que me quiseran.


Tenemos setenta y dos horas para los dos. Estamos en el paraíso y somos eternos. Nos abrazamos mientras una suave brisa nos envuelve. El sol está en su apogeo. La arena de la playa nos cubre los pies. En este instante somos el universo. Nos queremos y eso es todo lo que queremos.