miércoles, 26 de junio de 2013

Monólogo del despechado


Me imagino -y sé que tienes toda la razón- que no te interesa saber qué siento por ti o si aún sueño contigo.

Tampoco te preguntarás -con qué tiempo si vives otra vida donde yo no existo- si escribo poemas para ti.

Me imagino muchas cosas; y muchas de ellas preguntan por ti. Pero sé que esas preguntas ya no te interesan, que no tienes respuestas para mí. 

Sería maravilloso cada mañana devorarse



Sería maravilloso cada mañana devorarse el uno al otro: saciarnos de piel, de besos y caricias, de nadar al otro; que no dejáramos ni rastro de deseo hasta la hora del almuerzo para poder devorarnos de nuevo, para desnudar cada pecado nuestro y convertirlo en cielo, en paraíso terrenal, antes de que salgamos en la tarde a caminar la playa y al oscurecer nadar sin nada distinto a nuestro amor mar adentro y regresar empapados de alegría, de pasión, del otro; y en la noche devorarnos una vez más lengua a lengua, fuego a fuego, caricia a caricia y beso a beso hasta altas olas de la noche.

Sería maravilloso que entre tú y yo no hubiera un mar de ausencias que nos está devorando.

lunes, 27 de mayo de 2013

Fin de semana en París




Quiero ser la mano cálida
que acaricia tu cuerpo
y dejar sobre tu piel
la huella tierna del deseo.


Llego al 24 Rue Lamarck después de subir la calle un buen rato desde la estación del metro. París, de nuevo. Estoy en el 18. arrondisemment de la ciudad, en Mortmartre, frente a una casa de estilo clásico, el hotel donde pasaré este fin de semana, el Ermitage Hotel Sacre Couer. La calle es la de un barrio normal de clase media. Edificios de cinco pisos o casas de dos pisos. Me imagino que viven oficinistas, empleados públicos, mecánicos y un par de profes de colegio. La calle está llena de carros aparcados. Carros utilitarios, nada de lujo. Me gusta. Un lugar donde estaré entre parisinos de verdad. En el París real.

El hotel es pequeño y en la recepción con un mostrador mínimo entre paredes azules claras, me sonríe una señora de mi edad o, quizá, menor. Con la edad ha perdido la importancia de la edad de los demás. Me preocupo poco por la edad, y más por vivir. Le doy mi nombre y firmo el formulario de insccripción. La señora me acompaña hasta mi habitación y me dice que como mañana es festivo el desayuno se servirá desdes las 7:30 de la mañana. Me parece perfecto. La habitación tiene una vista sobre los techos de la ciudad. Desempaco mi maleta y saco los dos libros que he traído para leer por si me aburro. Hace una temperatura muy parecida a la de Bonn. Creo que son 10 grados y no ha parado de llover. Me voy a duchar y saldré a dar una vuelta por el barrio. Tal vez suba hasta el Sacre Couer. Tengo hambre y quiero comer algo.

Dejo sobre el escritorio el manuscrito con el borrador de los últimos poemas que he escrito para corregirlos. Pero ahora tengo que salir, porque el hambre me está pidiendo a gritos algo de comer.

Bajo las escaleras de madera típicas de casa antigua, saludo a la señora de la recepción que para por un momento de leer, y me sonríe. Salgo a la calle. Me cierro la chaqueta y me cubro con la capucha.Me anudo bien la bufanda al cuello, abro el paraguas y subo la calle. No sé bien adónde llegaré. Es mi costumbre en toda nueva ciudad caminar al azar y dejarme sorprender por el destino. Quiero vivir la ciudad real, la de todos los días, la de las personas normales, los sonidos, las charlas, los silencios, el olor de la cocina, el mudo esperar en vano. El concierto de los días iguales de un barrio.

Encuentro una boulangerie frente a un parque de cuyo nombre no puedo acordarme, y que tampoco tiene importancia, porque lo que quiero es comer. Entro y el sitio es acogedor y casero. Hay varias mesas ocupadas y una frente a la ventana que está libre. Desde la ventana se ve el cruce de la esquina y carros que pasan veloces y salpican a todo el que esté caminando. No ha parado de llover y se ven paraguas que esconden caminantes presurosos y anónimos. Me siento y toco el mantel de cuadritos rojos y blancos. Me quito la chaqueta y la pongo en el espaldar de la silla. Me paro y voy al mostrador donde atienden dos mujeres jóvenes. El problema es que no hablo francés. Así que con mi sonrisa y mi dedo índice tendré que pedir lo que quiero comer y espero acertar en lo que escoja. Ellas y yo sonreímos ante la dificultad de comunicarnos, pero logro pedir un sanduché de carne con ensalada de huevo y un café. Me vuelvo a sentar en mi mesa. Miro por la ventana. Pienso en ella. No dejo de pensar en ella. Le doy un mordisco al sanduche. Está rico. Ummm, al fin, comidita en el estómago. Los nombres de las calles siempre me dan curiosidad. Así que averiguo quién es Lamarck. Me llevo dos sorpresas: mi gran ignorancia sobre inifinidad de temas y que Lamarck es el padre de la biología y el primero que pensó en la transformación de las especies. Sus principales aportaciones a la biología son: el concepto de organización de los seres vivos, la clara división del mundo orgánico del inorgánico, una revolucionaria clasificación de los animales de acuerdo a su complejidad y la formulación de la primera teoría de la evolución biológica.
El café está delicioso. Estoy enviciado al café con leche. Me encanta. Y el sanduché me ha sentado de maravilla.
Al salir de la boulangerie me tropiezo con una mujer que casi se cae, pero que logro sostener con mis brazos. Nuestras caras quedan una frente a la del otro. Es guapísima. Tiene el pelo suave y marrón. Un suave perfume me embriaga. Nos sonreímos y hay una onda de calor que nos une. Sé que los dos la hemos sentido, porque el mundo parece detenido. Sin embargo, nos separamos y ella entra y yo salgo al fresco húmedo de la tarde parisina. No sé si ir hasta el Sacre Couer con sus mil turistas que entran y salen o se sientan en las escalinatas. Pero hoy con esta lluvia no habrá tantos, o improvisar el camino y dejarme llevar por lo inesperado.

He venido a París huyendo de mí. Para esconderme del dolor de haber perdido a la mujer que más he amado. He querido poner distancia con la realidad. Pero no es posible. Adonde voy me sigue ella. El recuerdo de ella. El silencio de ella. La sonrisa de ella. El amor de ella. Y este dolor que me parte en dos, que me derrota, que me tiene muriendo de amor, de soledad, de ausencia. También sé que ya sólo la distancia nos une, que no hay vuelta atrás, que me queda sólo el camino de regreso a ese que era antes. Cuando el amor se muere, se muere de verdad. Aunque duela toda la vida.

Sigo caminando calle arriba. La calle gira como un caracol sobre sí misma. Descubro una puerta grande abierta que da a un patio donde hay varias personas reunidas oyendo música. Entro curioso. Quiero ver qué pasa allí. Un grupo de jóvenes alternativos están tocando música medieval. Son dos hombres y dos mujeres. Bellísimos, los cuatro. Qué placer es ver la fuerza y vitalidad de la juventud. Me pone contento siempre. La vida es contagiosa.
Bajo un tenderete venden vino y quesos. También hay pintores y dibujantes. Y al fondo veo un escultor en su taller. Camino hacia el taller. El escultor trabaja la madera de una manera sabia, de maestro. Cada golpe sobre la madera deja una línea que se convertira en un gesto. Admiro la capacidad de sacar de la nada una expresión, un gesto, una ilusión. Las manos son maravillosas. Nos permiten darle vida a las cosas, al mundo y a los otros. El escultor alza su cara del trabajo que hace, me mira y me saluda. Lo saludo y le hago el gesto de que me encanta lo que hace. Me responde en inglés que gracias. Me dice que lo siga hasta otra mesa, donde me invita a tomar el punzón y un pedazo de madera para que pruebe a hacer algo sobre ella. Me pone al lado un esbozo de cabeza en madera para que trate de copiarla. Con susto cojo el punzón y lo hundo en la madera y saco una tira de madera. He dado mi primer paso en busca de una cara que sólo existe en la imaginación de la madera. Me late el corazón con fuerza. Me tengo confianza. Doy el segundo golpe con el punzón. El tercero, el cuarto y así por un buen rato. Ya imagino la frente de la persona que aún esconde la madera. No me lo creo, yo también puedo. El escultor me sonríe. Después de una hora, he logrado darle cierta forma de rostro a la madera. Y con un mucho de imaginación se ve la cara de una persona. Mi primera obra. Estoy contento. Pero qué lejos estoy del trabajo del maestro. Me dice que me lleve mi obra de arte recién hecha. Lo invito a tomarse un vino conmigo. Salimos del taller. No lo cierra. La puerta queda abierta. Nota mi cara de sorpresa y me tranquilza diciéndome que hay gente que quizá quiera ver sus obras. Le sonrío. Este sitio escondido en Montmartre tiene tanta igualdad, tanta humanidad, tanto de lo que hace rato no veo ni vivo.

Mientras tomamos el vino comiendo un rico pedazo de queso y charlamos, se acerca a nosotros una mujer, que resulta que es con la que he tropezado al salir de la boulangerie. Nos sonreímos y saludamos. Nos damos cuenta de que los dos somos extranjeros, no franceses. Le pregunto en inglés que de dónde es y me dice que viene de Argentina. No me lo puedo creer, y le contesto en castellano que soy colombiano.

Y en ese momento no puedo contenerme más y me río. La tomo entre mis brazos. La apreto a mí. Ella me rodea el cuello con sus brazos. Me mira feliz y me besa. Un beso apasionado, enamorado, de toda la vida.

Es Laura, el amor de mi vida, que ha planeado para este encuentro en París que nos encontráramos como si fuésemos desconocidos en una nueva ciudad. Y ha funcionado. Ambos estamos radiantes y la gente nos mira sorprendida y cómplice. Unos ríen y otros se miran. Nosotros no tenemos tiempo que perder y salimos a la calle con paso apresurado hacia el hotel. Queremos amarnos.

domingo, 28 de abril de 2013

Una vez más la primavera








Una vez más la primavera llegaba impasible, lluviosa, trepándose a los árboles, floreciendo por doquier, sin molestarse en mirar a través de las ventanas las mil vidas llenas de rutinas, de secretos, éxitos, tristezas y cambios imperceptibles de mis vecinos. No se daría cuenta de que la pelirroja de abajo con sus dos metros de altura y esa exhuberancia impropia de una alemana había enfermado de amor. Es decir, de abandono. No es que se lo dijera a alguien, pero se le veía en la derrota de su mirada y en esa risa solitaria con la que nos saludaba.

La primavera sólo se interesaba en devolverle los colores y los olores a la naturaleza agobiada por el frío, la nieve y los interminables días grises del invierno. Con los años ese largo invierno de noches interminables se había vuelto para él en la excusa perfecta para dejar reposar su ánimo, para regodearse en los fracasos y  las batallitas perdidas que había acumulado en su ya larga vida de combatiente en la rutina.

Se sentó en el balcón. Pensó en las muchas personas que antes que él habrían estado refelexionando sobre su vida u observando a los vecinos como sin querer queriendo en ese mismo balcón en que él estaba. Dejó que la primavera le envolviera. Pospuso los apuros diarios, las decepciones y el diario sufrir por un instante. Se olvidó de todo y de todos. Sólo estaba él siendo vida en la vida. Suspiró y supo que era maravilloso estar vivo, optimista y aún con sueños. Era consciente de que estaba recorriendo la última etapa de su eternidad y que en ese único e inusual momento de  su vida todo estaba bien.

Se llenó los pulmones del aire de ese instante en que el universo se había detenido  a contemplar la vida, la vida que eran. Se vio en medio del mundo como casi nunca lo había sido: en comunión con la existencia. Sintió como ella le estaba pensando en ese instante. Y se alegró, porque la mujer de su vida regresaba en la tarde. Una vez más el amor llegaba.

domingo, 7 de abril de 2013

El último abril





Llega la primavera acobardada. No quiere mirarme a los ojos. Se refugia en el viento frío del este, en la tardía nieve de este abril, en los aguaceros interminables, en la luz que apenas logra pasar las nubes. No quiere ver la ausencia en mi mirada, en este nudo de tristeza que me acompaña.

Un yo que amaba se está muriendo en mí. Le duele a la vida, a los árboles que se aferran al cielo para no caer y a mí, sobretodo, a mí que voy perdiendo a ese otro que amaba. Ese amor se cae a pedazos, me deja en carne viva los sentimientos. Me hundo por los caminos por los que trato de huir de mí para no verme morir así de esa manera: de soledad, de tristeza, de ausencia. No quiero morir, morir de amor una vez más.

Hoy la gente está más sola que nunca mientras camina sin rumbo por las calles en busca de esa vida que no existe, el mundo de las ilusiones. La ciudad está sola con sus edificios, sus plazas, sus casas y sus mil ventanas que no mirab a ninguna parte; la tarde gris está sola buscando un sol que no llega, que no quiere volver; las paredes con cuadros que pinté en otra vida están solas en este apartamento alejado de mi mundo, del mundo que era mío, aunque siga en él. Mis horas, mis risas y mis recuerdos están solos, sin mí, sin nadie que los viva o los escuche o los disfrute. Mientras mi soledad mira sin ganas a través de la ventana la primavera que no se atreve a verme a los ojos para no asustarse de tanta soledad, de tanta tristeza que me velan mientras me muero de mí, de vida, de nostalgia, de ausencia.

Me estoy quedando solo frente a ese yo que se muere desde hace meses, sin querer morirse, aferrado a un hilo de vida que a estas horas de la vida es cada vez más débil, más inútil, más desesperado que nunca. Soy un pobre diablo que mira a un diablo pobre temblar de miedo frente a su propio fin, a su irremediable adiós.

Mi vida, o lo que de ella queda, tiembla de soledad en esta cobarde primavera.

viernes, 22 de marzo de 2013

Poemas de Jaime Alberto Vélez











Una muestra de poemas y versos del  poeta colombiano Jaime Alberto Vélez

"De espaldas en la hierba
entre insectos que zumban
bajo la luz dorada de la tarde
como un fruto caído de un árbol:
nada más perfecto he sido"

"“Buscando escapar de ella
has creado su ausencia,
que no te abandonará”

Si quieres
huir de mi corazón
acércate”

Me has hecho
sentir solo
por eso sé que te amo”

Gracias al amor fiel y eterno
he terminado por ser
ese anacoreta que vive
en el desierto de tu corazón”.

He gastado mi vida
a tu lado.
¿Fue acaso odio
lo que nos prometimos?”

Juré amarte por toda la vida;
enloquecido de amor”

Si aprendí a amar
debí preguntar también
la clave del olvido”

Jaime Alberto Vélez.Nació en Yolombó Antioquia, Colombia wn 1950 Poeta, cuentista y novelista. Murió en 2003

29 de enero de 1976







Algún día en cualquier parte indefectiblemente te encontrarás a ti mismo y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas“

Pablo Neruda

Cada cierto tiempo, la casa se llena nuevamente de libros amontonados de cualquier manera, de revistas viejas, de recortes de periódicos, de apuntes míos hechos a mano con lápiz en papeles de colores, allí dejo escrito todo lo que cruza por mi mente. Son arrumes de ideas que nunca serán, de tristezas olvidadas, de besos nunca dados, de sueños que nunca fueron, de poemas y textos que nunca deben ser leídos por otros ojos, libros condenados a no ser abiertos. Se han ido acumulando ahí donde fueron olvidados, donde mi mente por última vez los vivió.

Así que de repente me siento ahogar entre tanto desorden de ideas y de objetos de  ideas, de reflejos , de sueños  y de imaginaciones, que tengo que ordenar, archivar o botar. Me convierto en un huracán que desempolva ese desorden muerto en la casa y lo convierto en sillas donde de nuevo se puede sentar la gente, mesitas donde se vuelven a poner floreros, en closets donde las medias pueden esperar su día sin sentirse arrinconadas por los libros, el polvo sale corriendo y trata de volar en vano, pero mi afán de orden lo absorbe con la aspiradora. La caneca se llena de hojas garrapateadas, folletos y periódicos que algún día pensé poder utilizar para alguna historia que nunca fue.

Ordenar la casa -liberarla de mi desorden de lector, de pensador y de soñador- es un viaje hacia mí mismo, hacia esos yos que un día fui. Es un reencontrarme con mi pasado, con mis olvidos, con aquello que pude ser y no fui.

Hoy he terminado sentado en el suelo mirando el montón de papeles y papelitos que he recogido en toda la casa y que tienen algún escrito mío. Los voy separando para botar, para quizá guardar, para leer y por interesantes. Entre los papeles hay unas hojas ya amarrillas por el tiempo con mi letra que no recuerdo haber escrito. Son dos hojas escritas a mano. Desde hace décadas escribo siempre en imprenta y mayúsculas. Quizá porque con letra unida sigo escribiendo como cuando era chiquito.

Les transcribo lo que está escrito en esas dos páginas viejas hasta ahora perdidas en mi olvido.

Jueves, 29 de enero de 1976

En casa hemos comentado el vuelo del Concorde y la arquitectura y el diseño de Unicentro. Poder viajar de Londres y París a Nueva York en tres horas y media es increíble. Unicentro es espectacular. Todo el mundo quiere ir a verlo cuando lo inauguren en abril. Pude verlo, porque nos llevaron de la facultad a los de segundo semestre de arquitectura.

Anoche tuve un sueño extraño. Estaba en Oma de la Quince sentado con unas amigas de la Uni charlando sobre quién sería el amor de la vida de cada uno. Discutíamos sobre si ese amor sería la persona con la que nos casaríamos o si sería otra. La mayoría pensaba que sería la con que se casarían. Yo no. En el sueño decía que podría ser la misma, pero que como todo cambia podría ser otra que por desgracia conociéramos más tarde. A mis amigas no les gustó la idea. Después cada uno dijo cómo pensaba que sería ese amor para toda la vida. Ellas describieron a los hombres que ya les gustaban. Así que yo pensé decirles algo imposible que sucediera: el amor de mi vida está naciendo en este momento en la ciudad de Sevilla y es pelirroja. Me miraron asombradas. Ella hoy está naciendo y es una pelirroja de Sevilla. Imposible me dijeron . En Sevilla no hay pelirrojas. Nos reímos de la idea tan loca.

Por esas razones sin razón de los sueños me volteé a mirar y había un sesentón con el pelo canoso, barba y de espaldas a mí sentado solo en una mesa  junto a la ventana. Escribía con un lápiz en block de papel periódico como los que usamos en la U para hacer borradores de dibujo. No sé porqué el hombre me llamó  la atención, y me dediqué a mirarlo. Le oí decir cosas mientras escribía. Al principio no entendía nada de lo que murmuraba, pero despúes le cogí un par de frases al vuelo.

Mientras escribía, el viejo iba recitando lo que estaba apuntando.
Sé que no volveré de ella; aunque vuelva sin ella“
Estaba escribiendo un poema, pensé en el sueño, y le puse mayor atención. Pero había frases que no escuchaba bien.

Mi vida se quedará con ella, aunque yo siga viviendo“
El viejo no paraba de hablar para sí mismo y de escribir.

Un amor no se repite nunca. Los dos lo sabíamos y nos arriesgamos a vivirlo.“
Nunca había visto cómo un poeta escribía un poema. Tenía curiosidad por verle la cara.

Por supuesto perdimos. Pero por una eternidad -salvo nosotros- nada nos importó.“
Por un momento pensé que el viejo se había dado cuenta de que lo estaba observando. Pero siguió escribiendo.

Cuando pienso en ella, la tristeza se enamora de mí, me duele por todo el cuerpo, pero sé que valió la pena“

Ahora sí, el viejo se volteó a mirarme. Se ha dado cuenta de que lo miro. Me pongo colorado de la pena.

Al mirarnos a los ojos lo comprendemos todo. Sé que él soy yo de viejo y él se ha reconocido en mí cuando era joven. No puede ser. No entiendo nada. Cierro los ojos por un momento para entender lo que me ha pasado. Mi corazón late a mil. Al abrir los ojos no hay nadie. Ni siquera mis amigas. Estoy solo en medio del sueño. He tenido una cita conmigo mismo.“


Estoy asombrado. Parece una burla de la vida. Un olvido tan olvidado aparece de pronto frente a mí y me transporta al pasado para mostrarme el presente. Es increíble. Pero los datos concuerdan. Por esos días fue el primer viaje del Concorde a Nueva York. También la inauguración de Unicentro, que fue el primer centro comercial estilo mall americano en Bogotá y Colombia. Y Oma de la 82 era el sitio play de esos tiempos. Aun recuerdo que en la esquina norte de la cuadra estaba Panfino -todavía existe- donde comprábamos roscones recién hechos, cuando nos escapábamos del colegio; al sur estaba una cigarrería y ultramarinos de unos españoles, donde se podían comprar productos extranjeros. Ahí compré muchos chocalates Cadburry para mis amores de colegio. Los edificios eran todavía de apartamentos. La quince era „la calle“ de ese entonces. Todavía era de doble vía y todo sucedía entre el Lago con su cine y sus gaseosas Kist de uva y de limón -las gaseosas más delis del mundo-; e iba hasta la esquina de la 90 donde estaba un almacén de discos Bambuco. Los apuntes del diario concuerdan con la realidad. Sin embargo, soy incapaz de acordarme de ese día en particular.

No recuerdo el sueño ni haberlo escrito alguna vez. Debe ser mi imaginación que se burla de mí, pero ahí están esas dos páginas amarrillas escritas con mi letra. Por mi mente pasan las palabras de la dedicatoria que me hizo Víctor Paz Otero de su libro „Textos de la sombra“: „Todo encuentro casual es una cita prevista“.

La vida, los sueños y yo no acabamos nunca de sorprendernos.