martes, 6 de agosto de 2013

475 años de Bogotá






Bogotá significa para mí el lugar de mis ancestros, de mi familia grande, de mi infancia, de mi juventud, de mis amores, de mis sueños y de las experiencias que marcaron mi vida. Es también el lugar donde mejor me siento, donde más soy yo, donde nada me es extraño, ni siquiera lo extraño. Sus calles están impregnadas de memoria mía y su historia es mi historia. Yo soy bogotano por donde se mire.

Bogotá es el refugio de mis recuerdos, mi nostalgia siempre.

Bogotá es el lugar de mi vida, es la geografía que me define. Bogotá es mi lengua y mi manera de pensar y sentir. Bogotá es la ciudad donde gran parte de mi vida sucedió, donde aún me esperan las que me quieren y los sueños. Sin Bogotá yo no sería.

Foto tomada por Jorge Andrade Blanco

martes, 30 de julio de 2013

La política exterior colombiana no existe

La política exterior colombiana no existe.

Sólo en Colombia se puede pensar que la embajada en España es más importante que la de Venezuela, porque supuestamente se  vive mejor.
Colombia sigue nombrando a gente que no está preparada como embajadores y como diplomáticos. Sólo nosotros pensamos que estudiar derecho internacional no sirve para nada.
Sólo en Colombia creemos que los gringos nos van a sacar de la pobreza, que Brasil no es importante, que el futuro no está en China, que el Pacífico no tiene futuro y que sin puertos y carreteras podremos ser una potencia regional.
Sólo un tonto puede creer que Colombia sin Ecuador y Venezuela puede tener alguna importancia geopolítica.

Sólo Colombia piensa que la política exterior es la mejor porque Yo, José Gabriel es embajador de Colombia en México y le hizo una comida a Slim con el delincuente colombo mejicano Fernando Botero Zea, que salió regia.


Nuestra política exterior es repartir el país entre las transnacionales mineras para que se lleven todo y nos dejen las deudas, los paras, los problemas, los huecos y la pobreza.

La autodenominada élite



Lo mas preocupante sobre nuestra autodenominada élite es que, aun la que tiene las mejores intenciones, no tiene ni idea de cómo sacar al país de la pobreza, de las injusticias y de la desigualdad.

Cuando uno lee a los comentaristas expertos sólo encuentra ideas que fueron inventadas en USA o Europa y que no necesariamente funcionan en Colombia o ideas que favorecen privilegios y ventajas para ellos, no para nosotros.
Se repite siempre que la educación nos sacará adelante. Y no lo creo. No basta con ser culto para generar riqueza y bienestar. Aunque la educación es básica para que los ciudadanos piensen y actúen. Sobretodo con la esperanza de que al fin tengamos ideas propias y no ideas pensadas por otros para su beneficio y no el nuestro.

Lo que es claro es que Colombia le apuesta a lo que los intereses extranjeros necesitan en el momento: minería y agricultura industrializada. Las dos pensadas para las necesidades de ellos, no las nuestras. Con esa estrategia se harán más ricos los ricos y un par de docenas de oportunistas y lagartos, pero no beneficiará a la mayoría de los colombianos.
La autodenominada élite no tiene ni idea de qué quiere para Colombia y los colombianos. La semilla de todo desarrollo está en saber qué queremos ser y cómo lo vamos a lograr. Y de eso nunca he leído o visto en Colombia.


Nota: ya sé que cada gobierno prepara unos mamotretos gigantescos llenos de buenas ideas para su administración, que luego se quedan en un 99% entre sus páginas a dormir el sueño de los justos.

lunes, 29 de julio de 2013

La vida es un oficio triste


Varias veces he muerto en mi vida. He perdido tanto de mí y de los otros. Los otros siempre pasajeros de mi vida. Aunque sus ausencias me acompañan como amigas invisibles. 

 Yo me he perdido y he dejado parte de mí en el ayer y llego al presente con el resto de mí. Sin embargo, mucho de mí ya no va conmigo. Otros ahora llevan consigo un poco de mí. Quizá yo soy ahora algo de ellos. 

En una sola vida he vivido muchos yos, todos míos. Igual a mí, pero diferentes.

Miro atrás tratando de rescatarme del olvido, pero nunca llego a ese lugar perdido del ayer.

Nunca volveré y esa es mi tristeza: dejarme atrás irremediablemente.La vida es un oficio triste. 

miércoles, 26 de junio de 2013

Monólogo del despechado


Me imagino -y sé que tienes toda la razón- que no te interesa saber qué siento por ti o si aún sueño contigo.

Tampoco te preguntarás -con qué tiempo si vives otra vida donde yo no existo- si escribo poemas para ti.

Me imagino muchas cosas; y muchas de ellas preguntan por ti. Pero sé que esas preguntas ya no te interesan, que no tienes respuestas para mí. 

Sería maravilloso cada mañana devorarse



Sería maravilloso cada mañana devorarse el uno al otro: saciarnos de piel, de besos y caricias, de nadar al otro; que no dejáramos ni rastro de deseo hasta la hora del almuerzo para poder devorarnos de nuevo, para desnudar cada pecado nuestro y convertirlo en cielo, en paraíso terrenal, antes de que salgamos en la tarde a caminar la playa y al oscurecer nadar sin nada distinto a nuestro amor mar adentro y regresar empapados de alegría, de pasión, del otro; y en la noche devorarnos una vez más lengua a lengua, fuego a fuego, caricia a caricia y beso a beso hasta altas olas de la noche.

Sería maravilloso que entre tú y yo no hubiera un mar de ausencias que nos está devorando.

lunes, 27 de mayo de 2013

Fin de semana en París




Quiero ser la mano cálida
que acaricia tu cuerpo
y dejar sobre tu piel
la huella tierna del deseo.


Llego al 24 Rue Lamarck después de subir la calle un buen rato desde la estación del metro. París, de nuevo. Estoy en el 18. arrondisemment de la ciudad, en Mortmartre, frente a una casa de estilo clásico, el hotel donde pasaré este fin de semana, el Ermitage Hotel Sacre Couer. La calle es la de un barrio normal de clase media. Edificios de cinco pisos o casas de dos pisos. Me imagino que viven oficinistas, empleados públicos, mecánicos y un par de profes de colegio. La calle está llena de carros aparcados. Carros utilitarios, nada de lujo. Me gusta. Un lugar donde estaré entre parisinos de verdad. En el París real.

El hotel es pequeño y en la recepción con un mostrador mínimo entre paredes azules claras, me sonríe una señora de mi edad o, quizá, menor. Con la edad ha perdido la importancia de la edad de los demás. Me preocupo poco por la edad, y más por vivir. Le doy mi nombre y firmo el formulario de insccripción. La señora me acompaña hasta mi habitación y me dice que como mañana es festivo el desayuno se servirá desdes las 7:30 de la mañana. Me parece perfecto. La habitación tiene una vista sobre los techos de la ciudad. Desempaco mi maleta y saco los dos libros que he traído para leer por si me aburro. Hace una temperatura muy parecida a la de Bonn. Creo que son 10 grados y no ha parado de llover. Me voy a duchar y saldré a dar una vuelta por el barrio. Tal vez suba hasta el Sacre Couer. Tengo hambre y quiero comer algo.

Dejo sobre el escritorio el manuscrito con el borrador de los últimos poemas que he escrito para corregirlos. Pero ahora tengo que salir, porque el hambre me está pidiendo a gritos algo de comer.

Bajo las escaleras de madera típicas de casa antigua, saludo a la señora de la recepción que para por un momento de leer, y me sonríe. Salgo a la calle. Me cierro la chaqueta y me cubro con la capucha.Me anudo bien la bufanda al cuello, abro el paraguas y subo la calle. No sé bien adónde llegaré. Es mi costumbre en toda nueva ciudad caminar al azar y dejarme sorprender por el destino. Quiero vivir la ciudad real, la de todos los días, la de las personas normales, los sonidos, las charlas, los silencios, el olor de la cocina, el mudo esperar en vano. El concierto de los días iguales de un barrio.

Encuentro una boulangerie frente a un parque de cuyo nombre no puedo acordarme, y que tampoco tiene importancia, porque lo que quiero es comer. Entro y el sitio es acogedor y casero. Hay varias mesas ocupadas y una frente a la ventana que está libre. Desde la ventana se ve el cruce de la esquina y carros que pasan veloces y salpican a todo el que esté caminando. No ha parado de llover y se ven paraguas que esconden caminantes presurosos y anónimos. Me siento y toco el mantel de cuadritos rojos y blancos. Me quito la chaqueta y la pongo en el espaldar de la silla. Me paro y voy al mostrador donde atienden dos mujeres jóvenes. El problema es que no hablo francés. Así que con mi sonrisa y mi dedo índice tendré que pedir lo que quiero comer y espero acertar en lo que escoja. Ellas y yo sonreímos ante la dificultad de comunicarnos, pero logro pedir un sanduché de carne con ensalada de huevo y un café. Me vuelvo a sentar en mi mesa. Miro por la ventana. Pienso en ella. No dejo de pensar en ella. Le doy un mordisco al sanduche. Está rico. Ummm, al fin, comidita en el estómago. Los nombres de las calles siempre me dan curiosidad. Así que averiguo quién es Lamarck. Me llevo dos sorpresas: mi gran ignorancia sobre inifinidad de temas y que Lamarck es el padre de la biología y el primero que pensó en la transformación de las especies. Sus principales aportaciones a la biología son: el concepto de organización de los seres vivos, la clara división del mundo orgánico del inorgánico, una revolucionaria clasificación de los animales de acuerdo a su complejidad y la formulación de la primera teoría de la evolución biológica.
El café está delicioso. Estoy enviciado al café con leche. Me encanta. Y el sanduché me ha sentado de maravilla.
Al salir de la boulangerie me tropiezo con una mujer que casi se cae, pero que logro sostener con mis brazos. Nuestras caras quedan una frente a la del otro. Es guapísima. Tiene el pelo suave y marrón. Un suave perfume me embriaga. Nos sonreímos y hay una onda de calor que nos une. Sé que los dos la hemos sentido, porque el mundo parece detenido. Sin embargo, nos separamos y ella entra y yo salgo al fresco húmedo de la tarde parisina. No sé si ir hasta el Sacre Couer con sus mil turistas que entran y salen o se sientan en las escalinatas. Pero hoy con esta lluvia no habrá tantos, o improvisar el camino y dejarme llevar por lo inesperado.

He venido a París huyendo de mí. Para esconderme del dolor de haber perdido a la mujer que más he amado. He querido poner distancia con la realidad. Pero no es posible. Adonde voy me sigue ella. El recuerdo de ella. El silencio de ella. La sonrisa de ella. El amor de ella. Y este dolor que me parte en dos, que me derrota, que me tiene muriendo de amor, de soledad, de ausencia. También sé que ya sólo la distancia nos une, que no hay vuelta atrás, que me queda sólo el camino de regreso a ese que era antes. Cuando el amor se muere, se muere de verdad. Aunque duela toda la vida.

Sigo caminando calle arriba. La calle gira como un caracol sobre sí misma. Descubro una puerta grande abierta que da a un patio donde hay varias personas reunidas oyendo música. Entro curioso. Quiero ver qué pasa allí. Un grupo de jóvenes alternativos están tocando música medieval. Son dos hombres y dos mujeres. Bellísimos, los cuatro. Qué placer es ver la fuerza y vitalidad de la juventud. Me pone contento siempre. La vida es contagiosa.
Bajo un tenderete venden vino y quesos. También hay pintores y dibujantes. Y al fondo veo un escultor en su taller. Camino hacia el taller. El escultor trabaja la madera de una manera sabia, de maestro. Cada golpe sobre la madera deja una línea que se convertira en un gesto. Admiro la capacidad de sacar de la nada una expresión, un gesto, una ilusión. Las manos son maravillosas. Nos permiten darle vida a las cosas, al mundo y a los otros. El escultor alza su cara del trabajo que hace, me mira y me saluda. Lo saludo y le hago el gesto de que me encanta lo que hace. Me responde en inglés que gracias. Me dice que lo siga hasta otra mesa, donde me invita a tomar el punzón y un pedazo de madera para que pruebe a hacer algo sobre ella. Me pone al lado un esbozo de cabeza en madera para que trate de copiarla. Con susto cojo el punzón y lo hundo en la madera y saco una tira de madera. He dado mi primer paso en busca de una cara que sólo existe en la imaginación de la madera. Me late el corazón con fuerza. Me tengo confianza. Doy el segundo golpe con el punzón. El tercero, el cuarto y así por un buen rato. Ya imagino la frente de la persona que aún esconde la madera. No me lo creo, yo también puedo. El escultor me sonríe. Después de una hora, he logrado darle cierta forma de rostro a la madera. Y con un mucho de imaginación se ve la cara de una persona. Mi primera obra. Estoy contento. Pero qué lejos estoy del trabajo del maestro. Me dice que me lleve mi obra de arte recién hecha. Lo invito a tomarse un vino conmigo. Salimos del taller. No lo cierra. La puerta queda abierta. Nota mi cara de sorpresa y me tranquilza diciéndome que hay gente que quizá quiera ver sus obras. Le sonrío. Este sitio escondido en Montmartre tiene tanta igualdad, tanta humanidad, tanto de lo que hace rato no veo ni vivo.

Mientras tomamos el vino comiendo un rico pedazo de queso y charlamos, se acerca a nosotros una mujer, que resulta que es con la que he tropezado al salir de la boulangerie. Nos sonreímos y saludamos. Nos damos cuenta de que los dos somos extranjeros, no franceses. Le pregunto en inglés que de dónde es y me dice que viene de Argentina. No me lo puedo creer, y le contesto en castellano que soy colombiano.

Y en ese momento no puedo contenerme más y me río. La tomo entre mis brazos. La apreto a mí. Ella me rodea el cuello con sus brazos. Me mira feliz y me besa. Un beso apasionado, enamorado, de toda la vida.

Es Laura, el amor de mi vida, que ha planeado para este encuentro en París que nos encontráramos como si fuésemos desconocidos en una nueva ciudad. Y ha funcionado. Ambos estamos radiantes y la gente nos mira sorprendida y cómplice. Unos ríen y otros se miran. Nosotros no tenemos tiempo que perder y salimos a la calle con paso apresurado hacia el hotel. Queremos amarnos.