jueves, 23 de abril de 2015

Bonn, donde viven mis sueños





A mí lo que me gustan son las ciudades. La gente que viene y va, que llena las calles de ruidos, de colores, de olores, de charlas, de peleas y movimiento. Perpetuo movimiento. Las ciudades son seres vivos. Crecen, se transforman, envejecen, cambian y, también se mueren.

Y los días de sol se hicieron para ir a la ciudad. Dejar este parque enorme, silencioso, tranquilo y único donde vivo e ir a la jungla de cemento y ruidos a vivir y ser vivido.

El centro de Bonn es peatonal, de calles que vienen desde épocas de los romanos: pequeñas, sinuosas y llenas de tiendas, restaurantes, panaderías y de gente que viene y va, de mendigos, de músicos ambulantes, turistas chinos y del resto del mundo. Las calles hablan distintos idiomas. El centro de la ciudad gira alrededor del Marktplatz, con el cabildo , donde se casan las parejas por la civil. Hoy también hay un matrimonio. Me gusta que la gente se case. Es una muestra de optimismo, de confianza en el futuro. El otro eje de la ciudad es el Münsterplatz con la catedral y el gigante Kaufhof de la Remigiusstrasse. Uno de los almacenes que más vende en Alemania. Todo enmarcado por la Universidad, antiguo palacio veraniego del arzobispo de Colonia, destruido en los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial, y reconstruido para albergar la universidad.

Hemos ido a la orilla del Rin a tomar una cerveza y disfrutar del panorama.Allí hemos visto zarpar los buques de turistas que recorren el Rin hasta Coblenza y regresan. 

 Luego hemos ido  al centro a comprar un par de cosas y hemos almorzado en un restaurante turco. El restaurante era grande y de estilo familiar. Nada del otro mundo, pero la comida una delicia. Hay varias mesas ocupadas por jóvenes turcos y otras con mujeres con el pelo cubierto y niños gritando y brincando y alejado de todos un turista que parece extraviado en es lugar con sus bermudas, camiseta vieja y desteñida y el pelo despeinado. El camarero nos habla en turco y nosotros le contestamos en alemán. No parece dominar el alemán y nos mira sorprendido cuando hablamos castellano. La comida es abundante, demasiado abundante. No podemos comerla toda, aunque queríamos. Un placer comer en ese lugar. Después hemos pasado por la casa de Beethoven, donde siempre hay un grupo de turistas tomándose fotos y nos hemos topado con una librería en liquidación: todos los libros a dos euros. No estaban los best sellers del momento, pero un par de buenos libros. Así que hemos salido con un paquete muy pesado del ibros. Ese sí que es un placer: comprar libros.

La ciudad está llena de gente. Es un río viviente que se desborda por las calles y entra y sale de los almacenes sin cesar. El capitalismo será un pecado mortal, pero qué vital es. Hay mucho movimento, pero no hay estrés. Todo la gente se ve contenta, positiva, menos una pareja: ella le escupe un sarcasmo que a él le cae en plena cara y le quita los colores de la piel.

Hemos caminado varias horas y estamos cansados. Hace sol. El clima está agradable y perfecto para estar en la calle. Pero ya no podemos más y nos devolvemos a casa.


Bonn, una pequeña ciudad universitaria a orillas del Rin, donde mis sueños viven y vivo mis sueños. 

lunes, 20 de abril de 2015

El amor en su mirada


Con una mirada se dice el amor. Se siente el amor. El amor no sólo entra por los ojos, sino que se dice, expresa y vive en las miradas.

Amo el lenguaje de las miradas, de sus miradas. Sus miradas son tan seductoras, generosas y exigentes. En su mirada se puede perder uno. A veces naufrago en ella.

La mirada es uno. Se mira para ser reconocido, para no ser olvidado, para quedarse para siempre en el otro.

Con su mirada inventa momentos mágicos que no olvido, que sobreviven en mi corazón. Con su mirada me ha devuelto el amor.

Si ella no me mira, mi vida está ciega. 

sábado, 18 de abril de 2015

Mi sueño



La miro como quien ha encontrado su sueño y ella me mira como quien ha encontrado lo que tanto ha buscado. 
Su mirada no habla de un instante, sino de toda la vida. 
Hay días en que pronuncio su nombre como un conjuro contra la tristeza. 
He caminado con ella tomado de la mano y con ella he tejido sueños. 
Algunas noches hemos mirado las mismas estrellas y hemos olvidado lo que nos separa.
No quiero asustar su amor, pero sueño con que ella sea la mujer del resto de mis sueños.

miércoles, 15 de abril de 2015

Caminar en la noche


Foto: Laguna de Pedro Palo en Tena ,Cundinamarca

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida... Para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido.“
Henry David Thoreau


Hacía muchos años, quizá vidas, que no caminaba en la noche por un bosque. La última vez que recuerdo fue subiendo a la laguna de Pedro Palo en Tena. Fue en siete de diciembre cuando estaba en cuarto de bachillerato en el Colegio Andino. Éramos unos ocho compañeros que decidimos irnos a pasar el fin de semana a la laguna. Llegamos tarde y tuvimos que subir caminando por el antiguo Camino Real. En la oscuridad de la noche nos perdimos y tuvimos que parar y pasar la noche en una ladera del monte que estaba despejada. Alrededor nuestro se oía el bosque con sus animales y nuestra risa nerviosa. Estábamos a oscuras, porque no queríamos desempacar los morrales. A medianoche se escucharon ruidos y después llamaradas en diferentes sitios cercanos y en otros montes más lejos. Estábamos muy asustados. Nos reíamos, pero asustados como son los adolescentes: duros por fuera, frágiles por dentro. Los campesinos habían prendido los fogatas de la noche de la velitas que tan civilizadamente celebramos en Bogotá. Hasta la mañana encontramos la laguna.
Hacía muchos años que no recordaba ese hecho perdido de mi adolescencia. Hoy al caminar por un bosque cercano a Bonn, aprovechando el inesperado buen clima que hace, recordé ese día en que por unas horas me perdí en un bosque.

Había olvidado la sensación de pequeñez que producen la noche y los grandes árboles y el susto que eriza el oír el ruido de los animales: sus carreras, sus llamadas, su mirar curioso. La noche estaba clara y con luna. A lo lejos se veían las luces de Bonn y la silueta del Rin. Descubrí los muchos tonos que el negro del bosque nocturno tiene. La tomé de mi mano para sentirme seguro. Caminamos con unos amigos que conocían el terreno hasta llegar a una cabaña desde donde estoy escribiendo. La caminada fue larga y dura. Subimos y bajamos y me tropecé más de una vez antes de llegar a nuestro destino a orillas del lago. 

Acá pasaremos la noche. Acá volveré a sentir que es amanecer junto a un lago, el frío de la mañana y el cansancio de dormir mal, porque cada vez que he acampado o dormido en un sleeping he pasado noches fatales. Supongo que me somto a ello para tener anécdotas que contar. Pero no es solo eso, es que ella está cerca de mí y hoy le tomé la mano y quizá mañana no tengamos que seguir disimulando que nos queremos. 

Jueves, 16 de abril de 2015

Algunos eufemismos de uso y abuso común en Colombia

La economía va bien“ eufemismo para decir que las fortunas de los vivos siguen creciendo, mientras los demás se joden.

Usted no sabe quien soy yo“ eufemismo que usan los lobos, los arribistas, los nuevos ricos para que los crean gente bien.

Progreso y modernidad“ eufemismo para despojarnos de la propiedad y de los derechos adquiridos.

Flexibilidad laboral“ eufemismo para ofrecer trabajo precario y malos sueldos.

Patriotas“ ese eufemismo que utilizan los delincuentes y los traquetos para justificar sus crimenes.

Honorable“ ese eufemismo que utilizan los sinvergüenzas que se joden al país.

Servidor público“  eufemismo que utilizan los lagartos y los sube-que-trepa para justificar sus nombramientos a dedo en altos cargos.

Experto“  eufemismo que usan los que sin saber más que otros cobran millonadas por decir lo que el que los contrata quiere.

Le cabe el país en la cabeza“ eufemismo para decir que es del agrado del establecimiento.


El dinero no da la felicidad“ eufemismo utilizado para que los que no lo tienen se resignen y no lo exijan para todos. 


Gente bien“ eufemismo con el que pretenden los herederos de los criollos y sus privilegios,pretendiendo ser mejor que los demás.

Gente de bien“  eufemismo con el que el uribismo trata de legitimar a sus meimbros de más dudosa procedencia.


Investigación exhaustiva“ eufemismo que utilizan las autoridades cuando quieren archivar un caso difícil.

miércoles, 1 de abril de 2015

"Culpable" de Joshua Ben Gabriel



No eres culpable de mi dolor. Nadie es culpable de ello. El dolor está ahí y eso es todo. Si hoy es dolor es porque ayer fue felicidad. Y yo te llevo en mi corazón por lo que eres: los maravillosos días de la felicidad.
Si eres culpable es de mi felicidad.“


Joshua Ben Gabriel

martes, 24 de marzo de 2015

Tres días en Fernando de Noronha



"El deseo vence al miedo, atropella inconvenientes y allana dificultades".
Mateo Alemán


Una isla es lo más parecido al paraíso, pienso mientras miro el Atlántico con sus aguas de color verde esmeralda, ese verde divino del paraíso. Estamos a punto de aterrizar en la isla de Fernando de Noronha. Se dice que Tomás Moro al leer las crónicas de Américo Vespucio sobre la belleza de la isla, pensó en escribir sobre una sociedad perfecta en un lugar maravilloso como esta isla. Así nació la Utopía. Este pequeño archipiélago frente a las costas de Brasil es lo más parecido a la Tierra Prometida. El paisaje corta la respiración y no me puedo imaginar un sitio de este mundo que supere tanta belleza.

Después de diez meses desde mi último y breve encuentro con Laura en Colonia, hemos logrado cuadrar esta escapada de nuestras vidas y oficios. Al fin, una nueva y corta cita de amor. Como tantas veces que hemos estado juntos nunca sobrepasan los dos o tres días. Nuestro amor es eterno y nuestros encuentros distantes y breves. La vida se ha interpuesto entre los dos. Por ello cada vez que sucede esta especie de milagro en que los dos nos escapamos de nuestros deberes para amarnos, el mundo y el momento los vivimos con desespero, pretendiendo que cada instante dure más que el instante... que sea eterno.

Siento la mano de Laura que aprieta la mía. Está emocionada. Es increíble que al fin nos hayamos vuelto a encontrar y que estemos juntos. El viaje desde Alemania ha sido largo y pesado. De casa hasta Francfurt en tren. De Francfurt hasta Sao Paulo, donde Laura me esperaba. La noche la hemos pasado juntos en su apartamento. Por la mañana hemos madrugado a tomar el avión a Recife y de ahí a Fernando de Noronha. Es mediodía y el clima está espléndido. Antes de aterrizar el avión da un giro lento alrededor de las islas. Los pasajeros están felices observando el mar y las islas. Llegar a la isla no es fácil. El número de turistas es restringido y los precios son altos, porque la isla, que es un parque nacional, no produce nada. Vive del turismo.

Miro a Laura y me mira con esos ojos verdes que me quitan la tristeza, que después de tantos años, silencio y distancia me hacen sentir amado. Es linda, muy linda. Con su vestido de lino blanco vaporoso y suelto y esa bufanda verde que resaltan sus ojos la encuentro irresistible. Ella es única en mi vida. No conozco un amor como el nuestro. Un amor marcado por la distancia, el silencio, la pasión y las largas e íntimas charlas, el deseo y unas ganas de volverse a ver una y otra vez. Con ella me siento muy bien. La puedo dejar de ver por mucho tiempo y al mirarla de nuevo es como si nos acabáramos de separar, como si hubiera pasado sólo un día. Nuestro amor ha sido de momentos y de distancias, de pasión y de complicidad, de querer que nada nos separe y quizá de la necesidad de los dos de saber que en los días tristes alguien al otro lado del mundo nos quiere.

La soledad nos ha mantenido unidos.

Me besa, nos miramos. Me besa de nuevo mientras seguimos mirándonos. Hay un río de calor, de ternura, de deseo entre los dos que nos aisla de los demás. Nos sentimos únicos. Cada beso y cada mirada suya son una eternidad. No lo olvidaré nunca, lo sé: la eternidad está en ella. Ella es mi eternidad. Mi amor, mi secreto mejor guardado. Mi otro yo.

-Te amo, Laura- le digo mientras siento su cercanía y su respiración acelerada. - Yo te amo, mi lindo- me susurra al oído y lo muerde suavemente. Un escalofrío me baja del cuello al cuerpo. Soy feliz.

El avión aterriza con suavidad como un ave marina en el aeropuerto internacional Augusto Severo de la isla. Una obra de arquitectura moderna e innovadora para una isla que tiene apenas tres mil habitantes. La isla vista desde el aire le roba el show al cielo.

Fernando de Noronha como muchas islas lejanas fue un presidio. Y antes fue entregada al portugués Fernando de Noronha para que explotara los árboles de maderas finas que abundaban en la isla y que fueron talados siglos después para evitar que los presos fabricaran barcas para fugarse. Luego, fue base americana durante la Segunda Guerra Mundial y ahora es un parque nacional.

Nos bajamos del avión tomados de la mano como una pareja enamorada, muy enamorada. Ahora nuestro mundo real es éste. Existimos nosotros y el amor. Esa sensación de al fin poder ser y hacer lo que queremos es inigualable y nueva para los dos que de alguna manera tenemos que guardar la distancia y la discreción casi siempre que nos encontramos en ciudades donde a los dos nos conocen. Hemos desarrollado una manera de comportarnos en que los gestos mínimos significan caricias, abrazos o besos. Pienso en Benedetti que escribió: Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»

Pero ahora somos lo que somos sin disimulos ni recato: amantes enamorados protegidos por el anonimato.

Alquilamos un boogie para movernos por la isla. Es amarillo y bastante simple. Ideal para nosotros. Cuando estamos a punto de subirnos al boogie, se acerca una pareja de jóvenes que ya habíamos visto en el avión. Son brasileños. Se presentan como Joao y Carlinha, están recién casados y vienen de luna de miel. Nos preguntan si los podemos llevar hasta el hotel, pues nos oyeron comentar sobre él y ellos van al mismo. Nos caen simpáticos y les decimos que claro, que será un placer. Mientras Joao nos cuenta cómo fue que se conocieron, que el viaje es regalo de los papás de ella y que quieren tener dos niños, porque quieren seguir trabajando para comprarse una casa propia, Laura maneja y yo disfruto del paisaje. El paisaje de sus piernas. Hace calor y una brisa fría y agradable sopla del sudeste del Atlántico. El hotel está en la Baía do Sueste, muy cerca del aeropuerto. La isla es tan pequeña que todo está cerca. La carretera está bordeada de matorrales cubiertos de flores. Es septiembre y comienza la temporada seca en la isla. Ideal para nadar y echarse al sol.

Al llegar al hotel, nos despedimos de la pareja y nos registramos en la recepción del hotel. Nos alojamos en la Pousada Maravilha en un búngalo de ataque. La habitación da a una terraza de madera desde donde se divisa la bahía de Sueste con sus dos islotes, Ilha Cabeluda e Ilha Chapéu, que encierran la bahía con el Morro Madeira de 172 metros de altura. A la izquierda están las ruinas del fuerte de Sao Joaquim de Sueste. El mar es verde esmeralda y azul profundo. Tiene una playa de arena con manglares a los lados. La cama es grande y cómoda y desde ella se divisa el panorama gracias a un ventanal que va del piso al techo y de pared a pared. En la terraza hay dos tumbonas para recostarse y contemplar los atardeceres.

Apenas se va el conserje que nos ha traído las maletas al búngalo nos lanzamos en brazos del otro y dejamos que el amor se arrastre por el piso, se recueste contra las paredes y se enloquezca en la cama. Nos amamos sin límite. Necesitamos recuperar la ausencia, el silencio y la distancia.
Los dos sabemos que las horas pasan y que la eternidad que estamos viviendo terminará. Más no decimos nada. Le negamos a la realidad el gusto de vernos sufriendo cuando somos tan felices.

Desnudos y abrazados dejamos que el atardecer se aproxime desde el océano hasta los jardines y luego suba oscuro por la terraza hasta cubrir todo la habitación. Siento la calidez del cuerpo de Laura en mi piel y su cabeza en mi hombro. Puedo oler su perfume delicado, tan ella. No decimos nada. No necesitamos hablarnos, el momento habla por los dos. Todo es amor.
Nos es difícil salir de ese estado de perfección. No queremos volver a la realidad. No deseamos movernos, sólo seguir así: juntos. Uno para el otro. Eternos. Ella y yo al fin juntos.
Una ráfaga de aire frío nos despierta de la ensoñación. Sin ganas nos desperezamos y luego nos levantamos. Es de noche. El amor nos ha abierto el apetito. Nos duchamos y arreglamos. Vamos al restaurante del hotel. El hotel es pequeño y exclusivo. Perfecto para parejas como nosotros. El servicio es ágil y especial. Nos sentamos en una mesa en la terraza que mira a la bahía. Se oyen los grillos y algunos pájaros que no cantan, sino chillan. La luz sobre el jardín es indirecta y la mesa está alumbrada con velas. Pedimos langostinos a la plancha y peixada pernambucana. La comida de la isla es parecida a la de Recife, a la que la isla pertenece. Tomamos jugo de maracuyá. Nada de alcohol. Cortesía de Laura a mi abstinencia. En la cena saludamos a la pareja de brasileños que parece sólo interesarse por ellos mismos. Lógico ya que están recién casados y están de luna de miel. Mejor para nosotros que también queremos estar solos y disfrutar cada instante juntos.

Después de cenar salimos a caminar a la playa. Nos avisan que podemos ir hasta la playa, pero no pasear por ella, porque la noche se hizo para la naturaleza en el parque nacional. Las tortugas suelen aprovechar la noche para esconder sus huevos en la arena de la playa. No deben ser molestadas. Así que caminamos tomados de la mano por el borde la carretera hablando de lo que en los últimos meses hemos hecho con nuestras vidas. Laura no deja nunca su rutina de trabajo y de viajar de aquí para ya. Incansable, constante y responsable. Yo le cuento de mi vida sencilla, de mi diario vivir y de lo que escribo. Nos reímos, porque tenemos ideas políticas muy distintas. Pero eso no es problema entre los dos. Cada uno dice lo que piensa y ya. Una hora más tarde regresamos lentamente al hotel. Queremos prolongar cada instante de nosotros. Estar juntos, muy juntos, decidida y amorosamente juntos.

El búngalo está en silencio, sólo la noche y sus muchos habitantes se oyen afuera. Nosotros una vez más nos amamos con pasión y luego con ternura. Somos felices.

Madrugamos a desayunar, porque queremos alquilar un yate para darle una vuelta a la isla y ver sus islotes, conocer sus otras playas y bahías y por último anclar cerca de alguna playa para nadar.
Después del desayuno nos acercamos a la recepción para preguntar sobre el alquiler de yates. Queremos uno de esos pequeños que se pueden llegar cerca de la playa. Nos informan que para fondear en algunas playas y bahías se requiere un permiso del parque. Ellos se pueden encargar de los permisos y nos avisan a qué horas podemos partir. Calculan que hacia el mediodía todo estará arreglado. Mientras tanto nos vamos a la piscina a nadar y a asolearnos. La piscina como todo el hotel tiene una vista increíble de la Baia de Sueste. Está construida en forma de L, la bordea un piso de madera y es de esas piscinas que se confunden con el horizonte. Tiene tumbonas para tomar el sol. Estamos solos. Nadamos un rato y luego nos recostamos a dejar que el sol pase sobre nosotros. Laura me toma de la mano. Sentimos la urgencia de permanecer en contacto. Me mira y me dice que me quiere. Se achinan mis ojos de amor por ella. La adoro. Han pasado los años entre los dos. No somos los jóvenes locos, lanzados e impacientes que hace tanto se enamoraron en una Bogotá que ya no existe, que sólo vive en nuestra memoria. Hemos envejecido. Pero el amor entre los dos sigue intacto. Sólo es mirarme en sus ojos y su mirada y la mía se llenan de estrellas, de chispas de amor.

No sé qué día me moriré, ni quiero morirme nunca, pero si como se dice todos morimos algún día, quiero que Laura esté a mi lado y que lo último que yo vea de esta vida sean sus ojos, sus maravillosos ojos verdes del color de los mares que rodean a Fernando de Noronha.
Me acerco a ella y la beso. La beso para que ella sienta la emoción profunda que su presencia y su cercanía representan para esta soledad que soy. La quiero agradecido por cada instante de su vida que ha compartido conmigo.
Me dice que ella también me ama y que ella también siente lo que yo callo y ella sabe qué pienso. No hay nada más que decir. Salvo querernos mientras nos volvemos a lanzar a la piscina a nadar y nadar. Media hora después, de la recepción nos avisan que los permisos y el yate están listos.

Llegamos a la Baia de San Antonio, donde están fondeados un par de barcos pesqueros y tres pequeños yates y desde donde se divisa el Morro do Pico, un pico  con una elevación de 335 metros y que se ve desde toda la isla. La bahía está protegida por un espolón de piedras y cerca está la Praia do Cachorro. En una caseta nos espera el funcionario al que le pagamos y nos entrega los documentos que tenemos que firmar. Nos instruye sobre cómo debemos comportarnos en las playas y bahías y la forma en que podemos bucear. No se puede molestar a los peces. Así que tirarse al agua no se puede. Sólo deslizarse. Para ello el yate tiene en la popa una puerta y una saliente donde uno se sienta y se desliza al agua. Tiene una escalerita para entrar o salir del mar. Nosotros no queremos bucear, pero sí nadar y snorquelear. Laura tiene permiso para manejar botes y yates. Ella será el capitán. El hotel nos ha dado una canasta con agua, jugos y sánduches. El funcionario nos lleva remando en una lancha hasta el yate, que tiene de nombre, cómo no, Ipanema. Le explica a Laura la manera de prender y apagar el motor, el manejo del radio para emergencias y un par de detalles que ya no recuerdo. Laura prende el motor del yate, que no mide más de seis metros de eslora. Perfecto para nosotros. Laura llevael yate fuera del refugio de la bahía y se nota porque se mece más al entrar al mar abierto. Pone rumbo hacia Ilha Rata, donde está el faro de la Ponta do Lucena. Nos han dicho que allí ahí corales y se ven tortugas. A veces delfines. En un cuarto de hora estamos en la bahía frente al faro. Apaga el motor. Tiro el ancla. Vuelvo a tirarla, porque no ha cogido. Al fin lo logro. La bahía está sola para nosotros. En la playa no se ve nadie. El sol del mediodía está en su plenitud. El cielo azul y una ligera brisa refresca. Nos metemos al mar con las caretas y el snorkel. Bajo el agua hay multitud de peces que se mueven tranquilos de un lado al otro. No nos tienen miedo. Ellos y nosotros nadamos con tranquilidad. El mar no es profundo. Y hay sitios cercanos a la playa donde se asemeja a una piscina llena de peces. Nadamos hacia la playa que está a unos treinta metros. Ya cerca las olas nos empujan con fuerza y nos paramos para caminar hasta la arena amarilla y suave. La playa no es grande, pero está sola. Sola para nosotros. Nos recostamos para que el sol nos seque. Nos tomamos de la mano. Nos abrazamos. Tenemos el cuerpo cubierto de arena. El pelo mojado. Nos reímos pues paremos monstruos. Sus ojos verdes de mar y de amor me miran. La adoro. Soy feliz. Nos besamos.

-El mundo parece detenido. Creo que hoy quiere ser nuestro cómplice- me dice con su cara colorada por el sol. Miramos a lo lejos. Nos quedamos en silencio. Los dos estamos pensando en lo fugaz de nuestro tiempo. Nos hicimos grandes, como dicen los chiquitos. Nos hicimos mayores, adquirimos problemas ineludibles, vivimos lo mejor que pudimos y no tuvimos tiempo para los dos. Salvo momentos como éste. Y aún siendo felices no podemos olvidar que lo nuestro es prestado. Amor atrapado en la distancia y en la ausencia. Amor que vive de memorias. Ya pasa de treinta años y sigue siendo amor.
-Somos lo que somos cuando nadie nos ve, decía Jung- le digo mientras la beso.
El silencio de la isla es un canto de pájaros y de olas chocando contra la costa. Ausencia de voces. Silencio que deja oír nuestros pensamientos y corazones.
Seguimos echados al sol hasta secarnos. Nadamos de regreso al yate. Subimos por las escaleras. Tenemos hambre. Nos secamos. Hemos recibido una llamada por radio. Laura da nuestra posición y la hora de regreso. Nos secamos y nos ponemos bronceador antes de comer. Mi estómago gruñe. No comí, sino que devoré. Me sentí como en la adolescencia en que hacíamos carreras de quién se tomaba más rápido una cocacola. Nunca gané, pero me divertía mucho.

Después de comer nos quedamos a mirar a un grupo de delfines que saltan del agua mientras nadan hacia mar adentro. Laura me abraza, me besa, me desnuda sin afanes, me acaricia. La desnudo y nos amamos. Nunca he hecho el amor en un yate a plena luz y al aire libre. Me siento como en una película. El provinciano que soy se asombra una y otra vez de lo que en esta vida se puede ser y hacer. Las horas se deshacen en el aire. Desaparecen. Ya es tarde. Debemos regresar antes de que oscurezca. La magia del día se queda en nosotros. Me abrazo a Laura mientras ella pone rumbo al puerto. El sol se refleja sobre el mar. La vida está en paz con nosotros. El instante de nuestro amor es perfecto.

Poco después regresamos al puerto y nos dirigimos al hotel. En la habitación nos duchamos y luego nos quedamos dormidos. Después de dormir no se cuánto tiempo abro los ojos y veo a Laura desnuda frente al espejo mientras se peina con calma. Es una imagen perfecta. Ella en sus pensamientos. Mirando su alma y sus sueños. Yo en silencio adorándola. La oscuridad apenas negada por una vela que ha encendido para no despertarme. Al fondo se oye el rugido quedo del Atlántico. El amor son instantes. El amor se ve. Ella es el amor. Soy su enamorado. Se voltea a mirarme y sonríe. Deja que la contemple. Es maravillosa. La quiero como es. No quiero que cambie.
Ahora que la miro desnuda frente al espejo pienso que es la misma que en la vida real es una empresaria que sabe lo que quiere y actúa en consecuencia. Una mujer que siempre ha decidido su destino.

Más tarde, cenamos en la terraza junto a la piscina mientras un grupo toca música. Algunas parejas bailan y otras cenan. A la luz de las teas encendidas que rodean la terraza y la piscina, Laura se ve preciosa con su traje de lino blanco. Siempre en el verano o en el trópico está vestida de lino blanco y con bufanda verde. Está bronceada y el verde de sus ojos resaltan su belleza. Me mira y yo me sumerjo en sus ojos. Tengo hambre de ella, hambre de su tiempo y de su vida.
Le rozo su mano con mis dedos. Sonríe.
Me gustan las noches cerca al mar. Mirar y oír el mar que habla de lejanas tierras, de viajes imposibles, de proezas y tragedias, de posibilidades y de amores. Cuántos han sido los que al ver el mar han cambiado el destino de sus vidas. Todos de alguna manera queremos volver al mar.
Laura me saca a bailar. El grupo canta una canción de Roberto Carlos:

Como vai você ? 
Que já modificou a minha vida 
Razão de minha paz já esquecida 
Nem sei se gosto mais de mim ou de você 
Vem, que a sede de te amar me faz melhor 
Eu quero amanhecer ao seu redor 
Preciso tanto me fazer feliz“ 

La tomo entre mis brazos y ella pone los suyos sobre mi cuello. Cierro los ojos. Disfrutamos del baile juntos en una noche hermosa a orillas de la felicidad y al mismo tiempo del adiós. Como siempre entre la realidad y los sueños. Pero esta noche el sueño es realidad. Nuestra única realidad. La felicidad será pasajera, pero este instante siempre existirá. Laura, yo y el baile. Esta maravillosa noche no la olvidaremos mientras vivamos. Noche de estrellas y de amor.

Mientras bailamos nuestros cuerpos son un sólo cuerpo; nuestros sueños son un sólo sueño, nuestro amor es sólo un amor. La música, la noche, el calor, nuestra piel, el amor y el deseo fundidos en una isla perdida en el océano. Y nosotros transformándonos de no ser más que un sueño a ser la realidad de todos nuestros sueños.
El baile hace que nuestra noche sea interminable. Abro los ojos mientras aún nos mecemos lentamente. La música ha cesado y la pareja de recién casados nos mira sonriendo. Les sonrío y beso suavemente a Laura. La pareja se acerca a nosotros. Nos saludan y Joao, el marido, nos dice que en la tarde nos han visto nadando y en el yate.
-Espero que después de los años nosotros nos amemos como ustedes se aman- nos dice. Laura y yo nos miramos por un instante, sonreímos y le agradecemos agregando que estamos seguros de que así será. Nos preguntan que cuánto hace que estamos juntos. Laura se apura a contestar que hace treinta años. Se miran asombrados y nos felicitan. Les decimos que mañana nos vamos de la isla y les deseamos un resto de luna de miel muy feliz.

Mientras caminamos hacia nuestro búngalo sonreímos de nuestra inocente travesura: callar que no estamos casados, sino que somos amantes furtivos huyendo de la realidad por un par de días.
Por los dos cruza el pensamiento de qué hubiera sido de nosotros si nos hubiéramos casado, qué sería de nosotros si no fuéramos quienes somos, si nuestros caminos no se hubieran separado por tanto tiempo. Ninguno dice nada. Los dos conocemos la respuesta. Los dos aceptamos la realidad para que nuestros sueños no mueran. No tiene sentido preguntarse por lo que ya no fue. Laura se aprieta a mí y la beso en la cabeza. Estamos felices y estamos tristes. Ese es nuestro destino.
Pero el ahora es más fuerte que los pensamientos y una vez más nos amamos en la larga y última noche en Fernando de Noronha, la isla del paraíso, de nuestra utopía de vivir la eternidad juntos. Así han sido estos días.

La eternidad transcurre rápido. Se agota cuando comienza, cuando mejor nos sentimos. La eternidad es de lo más pasajero que existe.

Al mediodía del día siguiente despega nuestro avión rumbo a Recife. En una hora y media estamos de nuevo en tierra firme. Brasil, ese continente incrustado en Sudamérica, nos recibe con un aguacero torrencial. En la terminal hace bochorno por la lluvia y el calor. Hay mucha gente y no queremos separarnos el uno del otro. Sabemos que puede ser la última vez que nos veamos, que podamos estar juntos. Y hay tanto amor entre los dos, tanto amor que aún necesita del otro.

Caminamos lentamente tomados de la mano entre la gente como si así pudiéramos detener el tiempo. De improviso oímos la voz de una mujer que llama a Laura. Ella por reflejo me suelta la mano y se voltea a saludarla. Se conocen, son amigas de siempre y se saludan. La amiga me mira y Laura sin querer me presenta como un amigo al que se ha encontrado en el aeropuerto. Los dos nos sentimos incómodos. La amiga le pregunta a Laura si viaja a Sao Paulo y ella le dice que sí. Laura me mira y se despide de mí dándome un beso en la mejilla. Yo desconcertado y triste me despido de ella. Las dos se alejan y yo me quedo en medio de la multitud más solo que nunca. Mi vuelo hacia Francfurt sale en un par de horas, pienso perdido en un vacío que invade mi mente.

No para de llover sobre Recife. El cielo está gris. El mundo me parece lejano en medio de la gente que viene y se va. Todo hasta el silencio se escapa, se pierde en los afanes de los otros.
En ese momento, Laura se voltea y corre de regreso a mí. Me abraza y me da un beso largo y hermoso. Luego me mira a los ojos, coge mi cara y dice casi gritando -Te amo, te amo con toda mi alma, mi lindo. Eres el amor de mi vida. La gente se voltea a mirarnos y sonríe. La amiga que se ha detenido nos mira con la boca abierta. Laura me vuelve a besar y me entrega una hoja de papel. Yo sólo puedo decirle que la amo, que la amo más que a nadie. Laura se aleja, esta vez por mucho tiempo.
Leo lo que me ha escrito. Es una cita de El lector de Bernhard Schlink:
"Cuando nos abrimos,
tú a mí y yo a ti,
cuando nos sumergimos,
tu en mi y yo en ti,
cuando nos olvidamos,
tú en mí y yo en ti,
sólo entonces
yo soy yo
y tú eres tú".
Estoy alegre y triste al mismo tiempo. Camino sabiendo que el amor cuando es verdadero nunca termina. Sus ojos del verde esmeralda me siguen, me miran y me quieren para siempre.