viernes, 1 de septiembre de 2017

Qué tal que este paraíso se convierta en otra Venezuela




Qué tal que este paraíso de los corruptos, los latifundistas roba tierras, los narcos, los traquetos, los políticos nepotistas, las mayorías de pobres y miserables, de los asesinatos impunes, de la desigualdad, de los magistrados vendidos, de los millones de desplazados, de los robos de todas las empresas del estado, de las demandas extranjeras contra el estado, de la violencia familiar, de la violencia en todos lados, de los serruchos, donde los niños se mueren de hambre porque los políticos se roban la plata destinada para ello, de los generales y coroneles metidos a narcos, de los falsos positivos, de la minería que destruye la naturaleza, del racismo contra los indios y los negros, del supuesto clasismo de los nuevos ricos, de la lobería como expresión cultural y mil sinvergüencerías más... digo qué tal que este paraíso se convierta en otra Venezuela como los políticos corruptos nos advierten.

jueves, 31 de agosto de 2017

Et Maintenant




Bonn, miércoles 16 de noviembre de 2016

Et maintenant que vais-je faire
De tout ce temps que sera ma vie
De tous ces gens qui m'indiffèrent
Maintenant que tu es partie
Toutes ces nuits, pour quoi pour qui
Et ce matin qui revient pour rien
Ce cœur qui bat, pour qui, pour quoi
Qui bat trop fort, trop fort“


Canción de Gilbert Becaud


Los viajes como los cuentos comienzan con una expectativa. Ya sea un sueño por realizar o un destino irremediable al que uno se ha de enfrentar. Así fue que con decisión tomé el avión de regreso a casa después de desandar por un tiempo mis ayeres con sus nombres de mujer y con esos amores que nunca acabaron. Volvía a Europa con la duda de ser ese otro que no sé si quiero ser: un hombre solitario o uno enamorado.

Diez y quince de la mañana, el cielo está despejado y hacen cuatro grados de temperaura en el aeropuerto de Barajas en Madrid. He vuelto a cruzar el Atlántico para regresar a casa. He dejado atrás parte de mi vida para encontrarme con la otra. Madrid es una escala, no mi destino. Vuelvo a Bonn a lo conocido, al otro lado de mi vida que se hace y deshace en distintos lugares del mundo. Aún debo esperar seis horas hasta que salga mi vuelo a Düsseldorf antes de enfrentar mi destino en Bonn.

La mayoría de mis viajes los he hecho solo, en silencio y viviendo en mi mente. Viajar en avión no es propiamente una diversión. Es más bien una necesidad para llegar adonde uno se dirige, adonde lo esperan a uno y con un poco de suerte adonde ella me espera ilusionada.

Cada vez que regreso a Madrid y desde la ventanilla del avión observo la geografía de Castilla recuerdo el comienzo de Ancha es Castilla de Eduardo Caballero Calderón:
"Al entrar en España por la raya de Portugal, cuando venía de Colombia, me asaltó una emoción tan honda que no puedo menos que concretarla en palabras. No tuve la impresión de llegar sino la de volver. Alboreaba cuando se ofreció a mis ojos la visión descarnada del yermo de Castilla. Tierras mustias por el invierno, barridas por el viento de la meseta...“
He vuelto tantas veces a España, a la tierra de los antepasados. Cada vez ha sido como un retorno a ese otro que también vive en mí. En España no soy extranjero, aunque sea extranjero, sino uno más. Este país, después de Colombia, es otra patria para mí.

Tengo seis horas de espera. Seis largas e interminables horas, pienso. Qué hacer en un aeropuerto, si no me gusta leer cuando viajo. Caminar de un lado al otro el terminal son diez minutos y después qué. Camino despacio por el laberinto de escaleras, tren subterráneo y más escaleras y pasillos que es ir desde los vuelos de fuera de Europa a los vuelos europeos. Uno cree que se va a perder la primera vez que lee que para llegar a su terminal necesita veinticuatro minutos. Pero está tan bien señalizado que no hay pierde posible. Como ahora los colombianos tenemos visa Schengen la entrada es muy fácil. Esta vez no vi los grupos de policías observando a los pasajeros ni los perros anti drogas. Pero aún tengo seis horas ante mí y no sé qué hacer.

Me siento cerca al mostrador para abordar el avión y entro en modo espera: mitad observando a la gente, la otra mitad perdido en quién sabe qué pensamientos. Es el momento en que mi mente escoge lo que pienso y no yo.

La gente va y viene en oleadas según salen los vuelos. Hay momentos de gran actividad. Pasan parejas jóvenes, viejas, feas, intrascendentes, que se nota que se quieren, o solo se soportan, o que ya son más compañeros que amantes. La mayoría de la gente está sola. Todos tienen esa cara del que no sabe bien que le espera o adonde debe ir. Lo típico. Pero también hay los grupos grandes de jóvenes que se van de excursión, bulliciosos, risueños y optimistas. Y el grupo de viejos que entre despistados y divertidos hacen un tour a Roma. En las sillas estamos los condenados a esperar. Supongo que son empleados de alguna empresa visitando clientes, otros serán ingenieros que han viajado a reparar alguna maquinaría pesada y otros no tengo ni idea de qué harán pero están ahí cerca de mí tan aburridos como yo. Por los gigantescos ventanales pasa la luz madrileña que todo lo cubre. Mi memoria regresa a ese lejano mayo de 1978 en que siendo un joven recién salido de la adolescencia llegué a España en busca de mi destino. Y a las muchas veces que he vuelto a desandar calles y plazas de Madrid en cada uno de las estaciones del año y de mi vida. De alguna manera que no entiendo, España es parte de mí. Quizá punto de encuentro o de enlace; o por qué no, de destino.

Hay una pausa del ir y venir de las personas. El terminal se queda solo. Tengo sueño. Cierro los ojos. Dormito. Voy y vengo del inconsciente a la realidad. Cabeceo. Quiero acostarme a dormir. En las sillas de un aeropuerto no se puede dormir. Al menos yo no.

Este largo viaje de casi dos meses parece un sueño, una fantasía de mi imaginación. Regresar a Bogotá, ver a mamá y papá, mis amados, generosos y maravillosos padres. Irremediablemente tiernos conmigo. Cinco semanas únicas. Los tres, la casa y las charlas intrascendentes que forman ese tejido emocional que nos hacer ser lo que somos. Volver a ver a mis hermanos, sentirlos, saber que no son recuerdo, sino afecto real. Y los amigos, los ayeres perdidos en la memoria, en el olvido la mayoría. Y verla a ella, dulce recuerdo del amor que nunca acaba, ya con otro y todavía queriéndome. Aún me halaga la manera en que sus ojos se detienen en los míos, como sus dedos rozan mi mano, como se acerca a mi oído para susurrarme algo y luego deja que sus labios recorran mi cara...dios...la amo aún.

Y luego volar a Chicago. Regresar a la Universidad de Loyola al departamento de lenguas modernas y literatura para charlar sobre mi libro de poemas Adamar. Después de diez años volví a la universidad. No suelo frecuentar el mundo académico. Me niego a darme a conocer. Me gusta que se conozca mi obra poética más yo prefiero permanecer detrás, entre bambalinas, entre las líneas y palabras de mis versos. Dejar que se luzca lo importante: la palabra. En el fondo es timidez. No me gusta ser el centro de atención. Pero a la vez quiero serlo. En mí hay esa lucha entre ser y mostrarme. Entre el silencio y el aplauso. Entre mi segura soledad y la duda y la angustia de estar entre los otros. La realidad es que fueron cinco días de vértigo, charlas, muchos jóvenes, la siempre sorpresa de que a los ojos de los estudiantes soy un maestro, uno que sabe mucho. Su encantadora admiración por el poeta. Y los profesores de español colaboradores, risueños y con los que salí a recorrer la Chicago helada de fines de otoño, montar de nuevo el metro elevado visto tantas veces en las películas y comer en un restaurante de un rascacielos con vista al enorme lago de Michigan. Qué modesto eso de lago cuando es un mar. Y vivir la ciudad en éxtasis por la serie mundial entre los Indios de Cleveland y los Chicago Bulls, quienes después de ciento dos años ganaron la serie. Una suerte para este aficionado al béisbol y a los Chicago Bulls, cuyos partidos veía por HBO a finales de los noventa. Windy City desmesurada y acogedora, donde uno no es nadie, uno más entre millones pero se siente tan a gusto. Bueno en ese gusto ayudó la profesora asistente para literatura latinoamericana, Gabriela Andújar. Alta, delgada, muy guapa y pelirroja. Y además andaluza. Una mujer de una simpatía arrolladora, divertida, siempre riendo y de un profundo concimiento de la poesía colombiana. Así que si no fuera por google me hubiera visto a gatas para mantener una conversación seria sobre los poetas antioqueños, tema de su principal interés y del que hace su tesis para aspirar al PhD. Y yo tan simple, tan escaso de títulos y tan lleno de sueños deslumbrado por esta mujer maravilla al borde de cumplir los cuarenta. Es decir, perfecta.

De pronto regresa la multitud. Ruido de pisadas afanadas, nerviosas, inseguras, tranquilas, aburridas. Pisadas de cientos de personas en tránsito hacia otro destino, en busca de la felicidad, del desastre o de una cita más de trabajo, del monótono trabajo con que la mayoría se ganan el dinero para vivir. Si es que después del trabajo aún les quedan ganas de vivir. Porque el trabajo es un mata pasiones. Gente sin rostro, sin nada que nos una, sólo el instante fugaz del encunetro en el terminal de un aeropuerto. Seres destinados a olvidarse de inmediato, para siempre. Como la vida misma: estamos destinados a olvidar y a ser olvidados. No hay tiempo que perder, aunque la vida en sí es una pérdida de tiempo.

Estoy sentado en un aeropuerto durante horas donde pasa la vida sin vida de los otros desconocidos, tan desconocidos como yo para ellos. Pasan y pasan. Ni ellos ni yo somos importantes. Estamos en medio de un sistema de transporte. Sujetos que como objetos son llevados de aquí para allá. Cada uno sabe su destino. Hay ruido de multitud y en cada uno la silenciosa incertidumbre que llevamos dentro: para qué todo esto.

Esperar en un aeropuerto es el presagio del limbo. Estar más que ser. Mientras esperamos no somos, estamos. Estamos esperando. No somos esperando. Las ganas de vivir se desaparecen entre las interminables horas de la espera. Nada importa. Todo aburre. Todo es nada. Sumergidos en la intrascendencia. Ser sin ser. Esperando, desesperando. Resignados. Con la mente vacía y el cuerpo cansado. Sentados en medio de la pasajera multitud. En medio del paisaje de la arquitectura imponente e inhumana de un aeropuerto.

Al principio los pensamientos son agudos, interesantes. Está el recuerdo de lo recientemente vivido y lo que haremos a la llegada. Luego, divago. Me pierdo en mi memoria, en mi desmemoria. Dejo que las imágenes vuelen en mi cerebro, que se pierdan, se refundan, se alejen, se escondan. Tantos hechos importantes que se guardan en la memoria. Esa otra vida sin fotos, ni palabras ni charlas. Salvo el recuerdo silencioso de lo que también hemos sido y nadie sabe.

Pero su recuerdo siempre vuelve a mí. Ese maravilloso y doloroso ayer que nunca termina de irse. Ella es un tenue dolor lejano, transparente. Ella aún presente. Mitad fantasma, mitad imaginación. Ella, a quien no volveré a oír, a sentir, pero sí a soñar. Ella que fue un día la otra orilla de mí.

Tantos días, semanas y meses que me quedé esperando esa llamada que jamás hizo. Qué humillación, que vergüenza conmigo mismo.
Pero al volverla a ver y sentirla junto a mí volví a caer en mi debilidad, en mi adicción: quererla.

Oscurece en Barajas. Oscurece en mi memoría. Oscurece mi vida en soledad. Oscurece y el mundo vuelve a ser presente. Acá estoy esperando el avión que me lleve a lo seguro, a casa, a mi refugio y al resto de mi vida sin ella. Me pregunto sin quererlo si volverá algún día el amor. No lo creo, no lo siento así.

El mostrador se pobló de viajeros, de desconocidos que por dos horas serán mis compañeros de viaje. Desconocidos de antemano y para siempre. Seres olvidables. Pero ella sigue ahí, en mí y me viene a la memoria el poema de Pablo Neruda:

..Aún no estoy preparado para no tenerte
y sólo recordarte...
Aún no estoy preparado para no poder oírte
o no poder hablarte,
no estoy preparado para que no me abraces
y para no poder abrazarte....“










lunes, 19 de junio de 2017

Morada al sur de Aurelio Arturo





Fragmento de Morada al sur de Aurelio Arturo


"Te hablo de días circuídos por los más finos árboles:
te hablo de las vastas noches alumbradas
por una estrella de menta que enciende toda sangre:
te hablo de la sangre que canta como una gota solitaria
que cae eternamente en la sombra, encendida:
te hablo de un bosque extasiado que existe
sólo para el oído, y que en el fondo de las noches pulsa
violas, arpas, laúdes y lluvias sempiternas.
Te hablo también: entre maderas, entre resinas,
entre millares de hojas inquietas, de una sola hoja:
pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,
hoja sola en que vibran los vientos que corrieron
por los bellos países donde el verde es de todos los colores
los vientos que cantaron por los países de Colombia."


Aurelio Arturo Martínez (n. La Unión, Nariño; 22 de febrero de 1906 - f. Bogotá; 24 de noviembre de 1974), fue un poeta colombiano, abogado y magistrado de la corte de trabajo y de la corte militar. Ha sido calificado muchas veces como el mejor poeta de Colombia en el siglo XX a pesar de su escasa obra1 2 3 Su único libro, Morada al Sur, es una recopilación de catorce poemas (en donde se encuentra incluido el poema homónimo) que plasman vívidos recuerdos de su tierra natal.

viernes, 16 de junio de 2017

¿Están paralizados los partidos políticos alemanes?



Los partidos políticos alemanes parecen paralizados. Ninguno se atreve a cambiar nada. Tienen miedo de perder.

CDU y SPD solo ofrecen placebos para los problemas que existen: los refugiados (Alemania es el único país europeo que recibió más de un millón de refugiados), el euro, la crisis del Brexit y el futuro de la Unión Europea, el gobierno autoritario de Turquía, el terrorismo radical de unos pocos musulmanes, sin olvidar los 9 millones de trabajadores alemanes que con un trabajo de tiempo completo no les alcanza el sueldo para vivir.

La diferencia principal entre CDU y SPD es que la primera ofrece bajar los impuestos y la segunda no.

FDP y Verdes no ofrecen nada innovador: la FDP menos impuestos, privatización  en parte de la educación y cobrar la universidad y disminución de la burocracia. Y los verdes ofrecen el matrimonio homosexual. 

La AFD ofrece más neoliberalismo, menos europeísmo y, sobre todo, racismo puro y duro haciendo responsable de los problemas del país a los extranjeros.

Y a la izquierda, die Linke -que ofrece un programa socialdemócrata: un salario mínimo de 1.500 euros y una pensión mínima de 1.200 euros y volver a los antiguos impuestos para el capital que ahora está exento para costear la justicia social- los otros partidos la rechazan supuestamente por no ser apta para gobernar. Este rechazo lo justifican porque Die Linke no está de acuerdo con la intervención militar alemana en el extranjero, que es lo más sensato, según los LInke,  a la vista de los desastres de las intervenciones militares americanas, francesas y británicas de la posguerra.

Como están las cosas hoy, las elecciones parlamentarias de septiembre es casi seguro que las volverá a ganar Angela Merkel. La pregunta es con quién hará una coalición.
La FDP, que se está recuperando de su casi desaparción en las pasadas elecciones generales y gracias a su joven jefe, Christian Lindner, son los más opcionados como futuros socios de un gobierno de la CDU.

La SPD, si quiere gobernar, tendría que hacer coalición con los Verdes y la izquierda. Pero la SPD duda de la alianza con la izquierda debido al marketing conservador que ha creado una imagen negativa de los Linke como radicales e irresponsables izquierdistas. Lo cierto es que la izquierda ha demostrado en varios gobiernos de los Länder donde participan en la coalición o gobiernan que son responsables.


El éxito económico de Alemania asusta a sus socios europeos, molesta a USA y paraliza la política alemana que no se atreve a hacer un cambio hacia lo social, que ha sido descuidado durante décadas, por miedo a perder el innegable bienestar que disfruta la mayoría de los alemanes.

martes, 4 de abril de 2017

Laura y yo en el lago de Lugano




Amor, recuerdas esa última tarde de octubre, los dos caminando abrazados por la Riva Vincenzo Vela. Algunas personas tomaban café en las mesas al sol. Era el fin de nuestros días, de las maravillosas noches, tu bufanda verde me cubría la cara por el fuerte viento del lago. Los dos reíamos. Estábamos felices. Después de tantos años y de tanta ausencia al fin estábamos juntos. Sabíamos que, aunque nuestras vidas volverían a tomar rumbos distintos, ya nada nos lograría separar.
Esa tarde miramos el mundo con nuevos ojos, con tanta felicidad, con la feroz certeza de que la vida valía la pena, que el amor nuestro era real, que siempre había sido amor.
Nos detuvimos a mirar las aguas del lago de Lugano, esa línea tenue y azul profunda que nos recordó la distancia entre nuestro amor y nuestra vida. Estuvimos parados en silencio durante un largo rato dejando que el instante de comunión entre  la naturaleza,el amor y nosotros se grabara en la memoria. Sentía tu cuerpo contra el mío, tu amor, la certeza de nuestro amor, y no me interesaba nada más. Sólo tú, los dos, nosotros.

Laura, amor mío, qué días fueron esos. Inolvidables y maravillosos. Descubrimos que la vida vale la pena por esos momentos únicos que de cuando en cuando nos dejan entrever la felicidad. Nos sentimos tan unidos, tan uno solo como sólo lo habíamos sentido muchos años atrás en Bogotá cuando nos conocimos. Hasta Lugano habíamos vivido cada uno su vida, sus sueños y sus tristezas. Pero esa tarde la vida nos dio una tregua y nos fue posible sentir la eternidad.

La primera noche, mientras descansábamos de ser felices, me senté frente a la ventana que daba al lago y te escribí:

Deja  que me acerque
para desprenderme de la tristeza
acumulada en silencio,
déjame ser
tu más cercana presencia,
déjame caminar contigo
tomados de la mano
para contarte cómo serán
los mares que nos esperan.
Déjame naufragar en tu mirada,
es lo único que quiero.


Aún te veo leyendo el poema a media luz, sólo cubierta con tu belleza. Después alzaste la cara y me miraste con esos ojos verdes en los que tantas veces perdí la cordura -que me dicen que me amas, que me amarás siempre-, y los dos nos abrazamos y fuimos de nuevo eternos.

miércoles, 8 de febrero de 2017

A las cinco de la tarde

"Pero no sabes nada
a lo sumo
piensas a veces
que es tan poco
lo que conozco de ti
lo que conozco
o sea tus nubes
o tus silencios
o tus gestos
lo que conozco es la tristeza
de tu casa vista de afuera
son los postigos de tu tristeza
el llamador de tu tristeza.
Pero no llamas.
Pero no llamo."


Mario Benedetti

Recuerdo que a las cinco de la tarde te sentabas en la cocina mientras los duendes corrían alrededor tuyo y te fumabas un cigarrillo.
Tomabas el teléfono y marcabas mi número y al otro lado del mundo mi corazón se aceleraba. Contestaba sonriendo y me decías con ese acento tan tuyo, tan andaluz, que pensabas en mí, que te hacía falta oír mi voz. Que recordar es otra forma de seguir amando, me susurrabas.
Sé que aún a las cinco de la tarde te sientas en la cocina y te fumas un cigarrillo. Quizá piensas en mí como yo lo hago a esa hora de la tarde y en las demas horas, minutos y segundos de cada día en que te fumas un cigarrillo en esa nuestra hora, las cinco de la tarde.
¿Ahora si me crees que tu olvido no deja que te olvide?

Las donaciones de órganos en Colombia


No me interesa el texto de la ley 1805 de 2016, sino la realidad de las donaciones de órganos.

¿Quiero saber qué personas en Colombia reciben órganos donados y a qué estrato social pertenecen?

¿Qué personas deciden quién recibe un órgano donado?

¿Quién controla y cómo que las donaciones de órganos sean de acuerdo a la ley?

¿Hay transparencia en el transplante de órganos donados?

¿Cuánto cuesta un transplante de órganos? ¿Quién lo paga?


¿Tiene la misma oportunidad un pobre que un rico de recibir un transplante de órgano?

No me interesa el texto de la ley 1805 de 2016, sino la realidad de las donaciones de órganos.